Espada & Mortero

Alcoholismo y Gracia

Por: Ignacio García

 

Introducción


¿Es el alcoholismo un pecado, un vicio, una enfermedad? Los puntos de vista difieren entre las familias cristianas que tienen un hijo, un padre un esposo o un amigo con este problema. Enfrentarlo requiere no sólo de aplicar uno de estos criterios sino de estar preparados para ello. El alcoholismo, a pesar de ser lo causante de un sinnúmero de desastres, es uno de los temas menos conocidos entre los creyentes, quienes en atacarlo y combatirlo no se dan cuenta que duermen con el enemigo en casa. En este artículo examinaremos este problema y trataremos de dar un enfoque cristiano al mismo.

¿Es una enfermedad el alcoholismo?


En algunos círculos cristianos existe una marcada tendencia a diferenciar las adicciones como el alcoholismo de una enfermedad verdadera. Se califica al drogadicto y al alcohólico, no como un enfermo sino como un pecador (a veces de lo más despreciable); un irresponsable, un inmoral, una vergüenza para la familia y para la sociedad. Estamos de acuerdo: la adicción a los tóxicos y al alcohol es consecuencia inevitable del pecado. ¿Pero no lo es también cualquier otra enfermedad física? Si nos basamos en este hecho encontramos que, ya sea por herencia o por agentes externos a nosotros, cualquier enfermedad (diabetes, hipertensión, cáncer, sida) es consecuencia del pecado del hombre.

El Diccionario de la Real Academia Española define así la palabra enfermedad:

 

1.     Alteración más o menos grave de la salud: ~ del sueño, trepanosomiasis; ~ mental, deficiencia general de la organización de la mente; ~ profesional, la que es consecuencia específica de un determinado trabajo; ~ venérea, la transmitida por contagio sexual.

2.     Alteración en lo moral o espiritual.


Por su parte la Biblia, en Proverbios 18:14, nos dice que el ánimo caído es peor que una enfermedad: “El ánimo del hombre soportará su enfermedad: Mas ¿quién soportará al ánimo angustiado?”. Y también, que la enfermedad no siempre se presenta en forma física; el proceso existencial también puede llegar a estar enfermo: “Hay una trabajosa enfermedad que he visto debajo del sol: las riquezas guardadas de sus dueños para su mal” Proverbios 5:13; “Hombre a quien Dios dio riquezas, y hacienda, y honra, y nada le falta de todo lo que su alma desea; mas Dios no le dio facultad de comer de ello, sino que los extraños se lo comen. Esto vanidad es, y enfermedad trabajosa”. Eclesiastés 6:2.

En estos dos pasajes se habla de una enfermedad intangible, con síntomas extraños y difíciles de diagnosticar: se refiere más bien de una condición existencial y las consecuencias que conlleva cierta actitud hacia la vida.

Así, en la Biblia la palabra “sanar” no se refiere exclusivamente a restaurar la salud de una enfermedad física, sintomática y diagnosticable. Leemos en Mateo 4:24: “Y corría su fama por toda la Siria; y le trajeron todos los que tenían mal: los tomados de diversas enfermedades y tormentos, y los endemoniados, y lunáticos, y paralíticos, y los sanó”. Como se ve, Jesús sanaba a todos los que tenían mal. De aquí podemos deducir que ciertamente la enfermedad, antes que una alteración de nuestras funciones vitales, es un mal, y un mal espiritual. La adicción es un mal que provoca enfermedad. “Y en la misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas, y de espíritus malos; y a muchos ciegos dio la vista” Lucas 7:21.

Pero ¿qué dice la ciencia médica acerca del alcoholismo? Durante la década de los años cincuenta una de las organizaciones de médicos más grande e importante del mundo, la Asociación Médica Norteamericana, misma que congrega a casi todos los médicos de ese país, acordó reconocer el alcoholismo como una enfermedad. Años más tarde, la Organización Mundial de la Salud (OMS) también estuvo de acuerdo en tratar al alcoholismo como una enfermedad médicamente manejable.

Este concepto se amplió y se aplica hoy en día también a la dependencia de drogas ilegales o las de prescripción médica que alteran el estado de ánimo del que abusa de ellas. Esto es, la adición a las drogas, al igual que la adicción al alcohol, es una enfermedad. Para poder comprender la razón por la cual la adicción al alcohol y/o las drogas es una enfermedad, se definen primeramente los rasgos característicos que presenta cualquiera otra enfermedad: La ciencia médica la define como un fenómeno que presenta, al menos, estas tres características:

Primera: síntomas, que son un conjunto de señales de alarma que el organismo “emite” con la finalidad de indicar algún desperfecto en su estructura o en su funcionamiento.
Segunda: progresión, esto es, las cosas tienden a empeorar si no se atiende el problema;
Tercera: un pronóstico de cuáles serán los resultados cuando la enfermedad sigue su curso natural.

El problema del alcoholismo se vuelve más complejo, cuando nos preguntamos ¿De qué tipo de enfermedad se trata? ¿Es como un resfrío? ¿Como la hipertensión arterial o el herpes o la diabetes? Los médicos simplemente la han definido como una enfermedad primaria, progresiva y mortal. Y esto ¿qué significa realmente?

Primaria: la palabra significa “primera” o que aparece en primer lugar.
Muchas personas piensan que la adicción a las drogas surge después, o es consecuencia de algún problema, como alguna enfermedad mental, un “trauma” sufrido durante la niñez o simplemente porque alguien se le murió o sufrió una decepción amorosa. En este caso, en el que la adicción al alcohol nace después de uno de estos problemas, se dice que se trata de una enfermedad “secundaria”, esto es, que es una consecuencia directa de otro problema mental o emocional, que primero apareció el problema mental y después, como resultado, vino la adicción a las drogas. Esta es una idea algo anacrónica y no completamente cierta. La ciencia contemporánea ya corrigió este punto de vista. La realidad es que la adicción al alcohol puede padecerla cualquier persona, tenga o no tenga enfermedad mental alguna o problema anterior, o trauma histórico; el alcoholismo debe, en cambio, ser tratado primeramente, esto es: antes que cualquier otro problema mental o emocional. Esto quiere decir sencillamente que la persona tiene que aceptar que está enfermo(a) y que debe abstenerse de seguir consumiendo alcohol, además de pedir ayuda a los expertos en la materia, desde médicos generales hasta especialistas en la materia: psiquiatras, neurólogos, además de una asesoría espiritual profunda de parte de consejero que conozca bien cómo tratar al adicto.
Si bien el alcoholismo es calificado como una enfermedad primaria, que no depende de otras situaciones para presentarse, en este artículo se expone que la enfermedad alcohólica es la mera punta del iceberg, debajo de cuya masa existencial, se halla la verdadera causa del problema. En este sentido se puede estar de acuerdo con el Dr. Carl Gustav Jung quien en carta dirigida a Bill W., fundador de Alcohólicos Anónimos, refuerza el hecho de que el hombre es presa de la adicción, más que nada debido a un vacío espiritual. Al referirse en esta misiva un paciente en tratamiento alcohólico, Jung escribe:

“Su deseo vehemente de alcohol era el equivalente a un bajo nivel de la sed espiritual de nuestro ser por la integridad; expresada en lenguaje medieval, la unión con Dios: Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, Así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¡Cuándo vendré, y pareceré delante de Dios! Salmos 42:1” Y agrega Jung: “La única forma correcta y legítima para tal experiencia es que ésta le ocurra a usted en realidad, y solamente puede suceder cuando transita usted por el sendero que lo conduce a un entendimiento más alto. Puede ser conducido a dicha meta por un acto de gracia, a través de una educación superior de la mente, más allá de los confines del mero racionalismo... Un hombre común, no protegido por una acción de lo alto, y aislado de la sociedad, no puede resistir el poder del mal, el cual, en forma muy apta, se denomina Demonio ... Como ve, alcohol en latín, es spiritus, y se utiliza la misma palabra para describir las experiencias religiosas más altas como para el veneno más depravador. Una forma útil, por lo tanto, es spiritus contra spiritum”.

Progresiva: quiere decir simplemente que las cosas van a ir empeorando cada vez más mientras la persona no se atienda. Muchos adictos, sus familiares, amigos o patrones piensan que con sostener una buena plática con la persona, dándole algunos consejos o regaños, ésta va a dejar de consumir las drogas o de abusar de las bebidas alcohólicas y las cosas van a cambiar.
Desgraciadamente esto no es así en el caso de los verdaderos alcohólicos y adictos. Se requiere de ayuda especializada. Es muy probable que después de esa plática o serie de pláticas interesantes e intensas en las que se invirtieron tiempo, energías e inteligencia, tanto la persona adicta como el voluntario o voluntaria que se prestó para ayudar, salgan convencidos ambos de que algo bueno va a suceder próximamente, pero al cabo de pocos días u horas las cosas van a regresar a como estaban antes o peor. . .
Algunas personas suponen que el hecho de dejar de consumir por algún tiempo su bebida preferida, alejarse de ella por semanas o por meses, se convertirá en el mejor argumento para demostrarse a sí mismo y a los demás que no tienen ningún problema y que pueden dejar de beber o de drogarse cuando así lo deseen y se lo propongan. La realidad es que, en lo más profundo de su interior, estará contando las horas y minutos en los que este plazo se termine para volver a consumir la droga de manera ilimitada.
Durante el período de abstinencia en el que la persona no se involucró con el uso del alcohol o las drogas, su deseo por hacerlo no disminuyó, por lo contrario se vio acrecentado y toda la energía contenida de ese deseo se desbocará a la hora de regresar a beber o a usar drogas.
Ante este hecho no es raro que quienes rodean al adicto se sientan defraudados y sin ánimo de seguir adelante. Se debe entender muy bien que el adicto se encuentra en un tobogán y que no va a detenerse a menos que se le suministre un pensamiento sustituto al que ahora ejerce sobre él un verdadero estado de esclavitud.

Mortal: Esto parece fácil de entender: a medida que la persona adicta consume más drogas o alcohol, tiene más riesgo de morir por una sobredosis. Pero este punto no es el único que hace mortal a esta enfermedad. Hay otros muy importantes. También se puede morir en un accidente vial por ir manejando intoxicado(a); del mismo modo puede perderse la vida en algún pleito a golpes o por lesiones producidas por arma blanca o arma de fuego, situaciones que se presentan comúnmente cuando las personas se encuentran intoxicadas por el alcohol o las drogas, o incluso pueden morir al no ingerir alimentos o líquidos vitales, ya que la mayoría de las drogas quitan el hambre y en ocasiones hasta la sed. Del mismo modo se puede sucumbir sencillamente porque mientras se abusa del alcohol o de las drogas se pierde el sentido de la vida y se llega (ya lo hemos dicho) a la depresión profunda; y esto es algo que le sucede a gran cantidad de alcohólicos y adictos. Finalmente, se puede perecer por la sencilla razón de que a la mayoría de los adictos les resulta muy difícil parar de consumir el alcohol o drogas y esto provoca un deterioro progresivo de las funciones vitales del organismo hasta que este deje de funcionar. Si no es que, en un estado de depresión profundo, decide por él mismo quitarse la vida: (ya lo hemos analizado) comete suicidio.

El Pensamiento Adictivo


En su libro El pensamiento adictivo, el rabino Abraham Twerski (un experto en el campo de las adicciones) amplía magistralmente el panorama sobre el estado actual de la mente del alcohólico. Aquí un breve resumen de lo dicho por el rabino.

• Si existe un pensamiento complejo, difícil de entender y de tratar, ese es el de un adicto. Nunca se recalca lo suficiente la importancia de darse cuenta de que a los adictos los engaña su propio pensamiento distorsionado; vive una “realidad” que no corresponde a la realidad de los demás.
• Para un adicto toda realidad es abrumadora. A causa de esto no se ajusta ni rechaza esta realidad, simplemente recurre a las drogas y/o al alcohol e ignora esa realidad. Curiosamente, la causa de las adicciones no son conflictos abrumadores que se le vienen encima al adicto, sino la distorsionada percepción que vuelve inaceptable la realidad; el adicto no soporta esa realidad, la cual le parece demasiado insoportable.
Si no comprendemos esto, es posible que nos sintamos frustrados o nos enoje tener que tratar con un adicto. Curiosamente, un pensamiento adictivo no se ve afectado por la inteligencia. De hecho, a menudo las personas con un intelecto habitualmente alto presentan grados más intensos de adicción. Si la persona es religiosa o practica alguna creencia en grupo, puede que tenga el problema y lo oculte, con el riego de un daño espiritual mayúsculo. Está demostrado que una enseñanza basada en la religiosidad, la culpa y el resentimiento, provocan en el adicto tal desesperanza que ve en el consumo de alcohol o químicos la única forma de anestesiar la depresión y vergüenza que provocan aquellos estados de ánimo.
• La necesidad de la sustancia química es tan potente que dirige el proceso de pensamiento de la persona sancionando o preservando la bebida o el consumo. Ésa es la función del pensamiento adictivo: permitir que la persona mantenga el hábito destructivo. No basta con decirle al adicto que “vea las cosas como son”, “que se deje de tonterías”, “que lo que hace es ilógico”. La forma de pensar del adicto está afectada, enferma; su pensamiento es diferente del “lógico” porque no llega a una conclusión con base a evidencias o hechos de una situación dada ¡sino exactamente a la inversa! El adicto empieza por la conclusión Necesito un trago (u otra droga), y luego elabora un argumento que justifique esa conclusión, sin importar si es lógico o no lo es, o si está apoyado por los hechos.
• Investigadores en el área de la adicción, como el Dr. David Sedalk, describen el pensamiento presa de la adicción como la incapacidad de la persona de tomar decisiones sanas por sí misma. Señala que no es una deficiencia moral de la fuerza de voluntad de la persona, sino más bien una enfermedad de la voluntad y la capacidad de usarla. En otras palabras, nuestra mente se encuentra deteriorada, enferma, incapaz de percibir las cosas de Dios.
• El grave dilema del adicto es que no puede razonar por sí mismo. Se trata de un trastorno del pensamiento que se puede presentar en personas inteligentes, intuitivas, persuasivas y capaces de un razonamiento filosófico, religioso y científico. Para re-encontrar la capacidad de razonar con uno mismo, de estar perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer con los demás, requiere de ciertos factores:

 

 

1.     La persona debe de disponer de elementos adecuados para acercarse a la realidad. Aquel que desconoce qué es la adicción, cómo puede manejarla, no podrá razonar correctamente acerca del problema.

2.     La persona debe tener ciertos valores y fundamentos para hacer elecciones.

3.     La persona debe desarrollar un concepto de sí sano, no distorsionado»


En un párrafo que resume el gran trabajo de Twerski, éste dice: "El pensamiento adictivo no es espiritual, puesto que su meta es el otro polo de la espiritualidad".

Adán y Eva en AA / La punta del iceberg


La tolerancia, junto con otros síntomas, es uno de los rasgos característicos que indican que uno va que vuela para alcohólico. Tolerancia es el fenómeno de siempre necesitar de más alcohol, droga o conducta adictiva; lo que se tiene nunca es suficiente. En cierto grado, es eso lo que les sucede a Adán y a Eva en el jardín del Edén. Uno se pregunta ¿Qué les faltaba en ese lugar? !Nada! Y sin embargo desean más, lo que tienen no les basta Genesis 3:2-4 A Eva no parecían llenarle todos los árboles del huerto ... quería el último.
¿Por qué el alcohólico se propone tomar "una sola cerveza", sólo una vez más, "la última y me voy", y no lo logra?
En el Libro Grande de Alcohólicos Anónimos, el Dr. William Silkworth expresa lo siguiente: "No estoy de acuerdo con los que creen que el alcoholismo es enteramente un problema de control mental. He tratado a muchos individuos que, por ejemplo, habían trabajado por espacio de meses en un problema o negocio que tenían que resolver favorablemente para ellos en determinada fecha. Se habían bebido una o dos copas antes de esa fecha, y el fenómeno del deseo imperioso había adquirido una preponderancia inmediata sobre los demás intereses y, por lo tanto, no había cumplido con aquel compromiso tan importante. Estos individuos no bebían para escapar, estaban bebiendo para aplacar un deseo imperioso que estaba más allá de su control mental".
Como bien lo señala el Dr Silkworth, el alcohólico dirige su atención al objeto de su deseo. Dios nos hizo libres y nos dio capacidad de elegir. En Genesis 3:4-6a leemos que la atención de Eva fue desviada hacia un árbol que “era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría”
Como se ha visto en una de las descripción de la Adicción, existen fijaciones en nosotros de las que podemos volvernos adictos. Es fácil entender, por ejemplo, que la atención de un alcohólico esté siempre puesta en la forma de conseguir su trago. No hay lugar para atender ninguna otra cosa, menos a sí mismo, a su familia o a Dios. En la etapa final de la carrera alcohólica, el bebedor vive sólo para proveerse de su bebida, y es capaz de hacer cualquier cosa para conseguir un solo trago: robar y estafar (si es posible a la misma familia), inventar tragedias (como la muerte de un hijo), o incluso matar. Una vez que consigue su ansiado trago, lo cuida, protege y raciona; lo que no hace con ninguna otra cosa que se mueva a su alrededor.
Tan pronto como se trata de controlar la conducta adictiva (consumir droga y/o alcohol) mediante resoluciones autónomas, uno comienza a derrotarse a sí mismo. La mayor de las veces la derrota se debe a una mezcla de motivaciones: una parte de la voluntad desea sinceramente ser libre, la otra desea continuar con la conducta adictiva. Un truco fundamental de la mente es enfocar la atención en la fuerza de voluntad. De alguna forma, algo complicada, al mente asevera que “ella puede controlar la conducta”. Pueden tomar muchos fracasos antes de que el adicto se de cuenta que verdaderamente no puede controlar su conducta adictiva.
Así, cuando Eva toma del fruto, ya no puede detenerse; entonces ofrece también al marido, se esconde, miente ... Su voluntad ya no le pertenece del todo. Genesis 3:6b)
Cuando el alcohólico desea "pararla", aparece algo llamado Síndrome de Abstinencia, el cual le va a hacer volver al consumo. El síndrome se presenta mediante una reacción al stress, que ocurre cuando el cuerpo es privado de algo a lo que ha llegado a acostumbrarse y responde con señales de peligro, como si algo anduviera mal: agitación extrema, temblores, miedo, pánico, taquicardias, y delirium tremens. A la par de todas estas manifestaciones que se le presentan al alcohólico, una aún más perniciosa, ha estado tejiendo sus redes en la mente del adicto: eso que Pablo llama "una mente reprobada": el auto-engaño.
Éste es una de las marcas significativas de la adicción. Es la exquisita inventiva que la mente asume para perpetuar el que se siga bebiendo. Aquí, donde la mente lucha en un enjambre de deseos y motivaciones contradictorios, la energía creativa del cerebro es usada para derrotar cada uno de los intentos por dejar el alcohol. Estos engaños de la mente incluyen, principalmente: negación, racionalización, ocultamiento, proyección y tácticas dilatorias.

En Genesis 3:8b, se lee que Adán y Eva se ocultaron de la presencia de Dios; se negaron a reconocer y enfrentar su condición actual. Así, durante los primeras etapas, la mente consciente del adicto rechaza o ignora el incremento en el uso de alcohol. La negación, no sólo hace que la persona no reconozca que el problema existe: "ella no quiere pensar en ello". Cuando la evidencia crece, el adicto debe usar incrementos de energía psicológica para mantener la verdad fuera de su conciencia. Genesis 3:7a La persona ahora se siente mal consigo misma Genesis 3:7b; debe mantener su mente ocupada o insensible, los momentos de tranquilidad franca y de auto-reflexión que en el pasado parecían tan placenteras, ahora son vigorosamente evitadas. Genesis 3:10a. La negación puede continuar toda la vida. Se sabe por ejemplo de borrachos que muriendo de cirrosis hepática, confiesan que ellos jamás tuvieron problemas con la bebida .
Si de alguna forma el alcohólico es descubierto o penetrado en algún punto de su negación (por ejemplo, que se le halle completamente borracho, durmiendo la mesa de alguna cantina), entonces echará mano de la racionalización, que nos es otra cosa que dar excusas en un intento de justificar su conducta alcohólica. Las racionalizaciones no son mentiras intencionales, la persona llega a creer verdaderamente que lo que dice, es la verdad. "Es que yo como porque tú comes", podría haber dicho Adán a Eva Genesis 3:6b Así actúa el adicto: "Necesito un trago, me siento deprimido", "Si tuvieras una mujer como la mía, beberías tanto como yo"; "¿Crees acaso que no me merezco unos tragos de vez en cuando, no ves cuánto trabajo?", "No creo hacer nada malo mientras traiga el gasto para la casa", etcétera. La pura aparición de la racionalización es evidencia irrefutable de que existe un grave problema con quien bebe, porque donde no hay adicción no hay razón para excusas.
En la cadena de acusaciones que precede a la desobediencia, Adán proyecta y culpa a Eva de su fracaso. Ésta a su vez, proyecta su error en la serpiente. Genesis 3:12-13 Es igual con el alcohólico. Le sobran personas y motivos a quien culpar de su alcoholismo. Culpa a su esposa, a los hijos, a los amigos y patrones, o simplemente a las circunstancias: muerte de un ser amado, una decepción amorosa, la pérdida del empleo. Lo peor del asunto es que casi siempre, la gente a quien el adicto culpa, adopta la acusación. Aquí es donde inicia el problema de la co-dependencia para quienes rodean a quien bebe.
Dice Genesis 3:8a “...y el hombre y la mujer se escondieron”. En este punto, es ya imposible continuar con la negación: la verdad del alcoholismo es evidente. Debido a que ocultar la verdad ha fracasado, llega a ser sumamente importante para el bebedor ocultar la bebida o el objeto de la adicción. “Oí tu voz y tuve miedo, porque estaba desnudo, y me escondí” Genesis 3:10. Aquí, el adicto experimenta un creciente alejamiento de la gente; existe un sentimiento de estar cubriendo un oscuro secreto, la revelación del cual parece intolerable. Así es que comienza a meter botellas de licor a su casa a escondidas. Las oculta en la caja de agua del baño, entre los pliegues de los sillones, en la caja de herramientas del garaje, en un hoyo de la jardinera. Si va al trabajo procura utilizar una mochila grande donde no se note que guarda la botella. O la esconderá de manera disfrazada: tomará agua envasada a la que previamente ha agregado una buena dosis de ginebra o ron blanco. Para el alcohólico no existen imposibles en la forma de ocultar su bebida. Lo que muchas veces no puede ocultar, es que bebe demasiado.
Allí es donde entra la clandestinidad. Esto quiere decir que tratará de demostrar que bebe con "moderación", pero se las ingeniará para beber lo mismo o más que otras veces. Si lo invitan a una fiesta infantil, entrará al baño de su casa y se empujará unos tragos antes de salir al festejo; esto por si aquellos "son tacaños con la bebida". Si "por fortuna" en la fiesta sí se sirven tragos, él es uno de los que se ofrece para "atender la barra". En las cantinas es de los que tienen un juego de señas para indicar al cantinero que sirva generosamente, etcétera.
En la adicción existe siempre un momento en el cual se quiere parar. "Realmente necesito pararle ya, sólo me falta un poco de disciplina y fuerza de voluntad" ¾se dice el adicto. Aquí, la mente opone las más astutas inventivas posibles. Entre más creativa e inteligente es la persona, más descorazonador se volverá el proceso. La mente le sugerirá que tal vez no es sabio "dejarla" así nomás porque sí; que se puede manejar el asunto no bebiendo tanto sino "moderadamente". El adicto piensa cosas como éstas: "En Semana Santa, le paro"; "No puedo dejarla ahora, aún me siento ansioso e irritable y tengo cosas importantes que atender"; "Quizá si oro Dios me mostrará cuándo y cómo pararle"; "Este es el último trago que me tomo".
Pero cuando llega el momento de decidir, al adicto le viene un profundo sentido de temor: siente que renunciar (pararla) es como la muerte: otro truco de la mente, otra táctica dilatoria.
Llega el momento. Siempre llega ese momento, en la que el adicto (ya para entonces en su etapa crónica y final) bebe a "campo abierto". No le importa ya negar, ni ocultar, ni jurar que ya no va a beber, ni echar la culpa a nadie. Lo único que desea es estar pegado a su indispensable botella. Incluso, se embriaga en su propia casa, con la botella sobre la mesa del comedor. De acuerdo a los expertos, cuando esto sucede, cuando el alcohólico parece haber perdido toda vergüenza, es el instante en que éste está diciendo: "!Ayúdenme!".

La progresión en su punto final


La progresión que ha tomado varios años, ha terminado. El total de los sentimientos del alcohólico se presentan de lleno, predominantemente sentimientos de soledad y pérdida de auto-respeto y auto-dignidad.
Dice Talbott que no existe gente más solitaria en el mundo que los alcohólicos. En su carrera de adicción, muchos de ellos llegan a fracturarse debido a alguna caída, lo que resulta en huesos rotos, pero no existe dolor más devastador o más insoportable que el dolor de la soledad y pérdida de auto-respeto.
En este punto, la enfermedad se manifiesta a sí misma en una forma que comienza a afectar la vida privada del alcohólico: se comienza a afectar a la familia. A diferencia de las enfermedades del corazón y el cáncer, que son grandes asesinos, el alcoholismo afecta tremendamente a la familia. No existe un alcohólico sin una esposa, unos hijos, unos padres que, a su vez, no hayan enfermado juntamente con él. Cuando la enfermedad progresa se producen lagunas mentales, que son verdaderas amnesias causadas por la bebida. El impacto de esto sobre la familia, es devastador. Entonces viene otra etapa. El alcohólico comienza a faltar al trabajo, lo corren de éste, comienza a perder amigos y experimenta otras pérdidas. A tal punto llega a estar afectado que se convierte en lo que se llama síndrome del tiro al blanco. Llega a ser un individuo al que se le puede aislar hasta matarlo. “Muéstrenme un alcohólico, y yo les mostraré a un individuo con este síndrome”, dice Talbott. El alcohólico va quedando expuesto al abandono mediante un proceso en el que va quitando cada uno de los círculos del disco que sirve como objetivo del tirador, hasta quedar en el centro mismo de aquél, solo y aislado.

Los círculos que va el adicto va eliminando son:

 

 

1.     Cesa su actividad en la iglesia,

2.     Luego en la comunidad,

3.     En seguida, la actividad con los amigos, sus hobbies y tiempos de ocio

4.     Con sus semejantes, compañeros de trabajo y toda la gente que interactúa con él durante el día,

5.     Se distancia de la familia

6.     Con frecuencia pierde a la familia misma.


Entonces, repentinamente, el alcohólico está solo, en el centro del blanco, completamente aislado. El único compañero con el que cuenta, es el trago. Así como Adán y Eva, fueron expulsados del Paraíso, casi seguramente (de seguir a este ritmo), el alcohólico será corrido de su casa (antes ya lo fue de la iglesia, el trabajo, los amigos), y buscará refugio en una fraternidad que lo recibirá con los brazos abiertos: los Escuadrones de la Muerte.

Dos ángeles con espada flamígera harán casi imposible que su vida vuelva a ser lo que era antes.

EL Cerebro Adictivo


• En términos muy simples nosotros tenemos dos partes en nuestro cerebro. La primera parte es el neocortex; está localizada en el frente de la cabeza y recibe y almacena información para hacer decisiones y recordar. La otra parte es el llamado Sistema Límbico (SL), y controla todos los sistemas automáticos del cuerpo y las emociones. Más importante aún, controla las respuestas de sobrevivencia. Cuando tú te sientes amenazado, estas respuestas protectoras te dicen si has de defenderse o salir corriendo.
• El SL no posee memoria como el neocortex. No reconoce la diferencia entre ayer y hace 30 años, lo que explica por qué algunos de nuestros traumas de la niñez todavía se disparan en nosotros tan poderosamente. Este sistema es el más afectado por nuestras creencias, conductas y adicciones. El SL puede ser negativamente programado a través de experiencias traumáticas, tales como el haber crecido en una famila disfuncional. Drogas, alcohol y otras conductas compulsivas han programado el SL para evitar la conciencia de pensamientos y sentimientos incómodos, en vez de crear respuestas sanas a fin de resolver nuestros temores.
• Los acontecimientos llegan a través de nuestros sentidos y alimentan varias partes de nuestro cerebro. El SL colorea o etiqueta estos eventos con grados de respuestas ya sean peligrosas o no. Si se etiquetan como peligrosas a causa de un trauma en el pasado (sea real o imaginario) el SL reacciona creando ansiedad o depresión. Si el evento se etiqueta como un asunto de sobrevivencia, el sistema crea un ansia que se concentra en la conducta que ha sido asociada con eso que sobrevive del pasado. El ansia concentra nuestra atención en esa conducta hasta que nos sentimos a salvo y normales otra vez. Así se crea una adicción.
• La adicción no es ponerse “hasta arriba”, sino una forma de sentirse normal (libre de stress) La mente consciente aprende a cooperar con la conducta que sobrevive (adicción), y la protege de ser desafíada mediante un proceso de filtración llamado negación. El SL aprendió que el tener necesidades en una familia disfuncional resultó en vulnerabilidad, dolor, abandono y soledad. Con el fin de sobrevivir día tras día en una atmósfera disfuncional/amenazante, una persona debe hallar un sistema de pensamiento que le permita sobrevivir. Una forma en que la persona procede es pensando: ´No necesito de nadie. Si no necesito de nadie, no soy vlnerable, no seré lastimado´. Naturalmente esta es una mentira para sobrevivivr. Cada vez que un sentimiento de vulnerabilidad es experimentado, el temor se arrastra lentamente y advierte: !Peligro! Los sentimientos de temor le indican a la persona que huya de un posible dolor.
• El SL responde automáticamente y subconscientemente aun después de que la traumática y dolorosa situación han pasado: el subconsciente cree que ´Si tengo necesidad y confío en otra persona, voy a ser herido y no sobreviviré´. Cuando la verdad del asunto emerge, el SL reacciona como si estuviera programado para percibir temor y vulnerabilidad. Este temor puede ser expresado en ira, auto-gratificación y desconfianza, lo que crea una personalidad de sobrevivencia. Esta personalidad te hace sentir que tienes el control (libre de temor y stress). Este falso sentido de control es a menudo alanzado a través de la auto-gratificación o conductas compulsivo/adictivas que de forma temporal remueven la conciencia de pensamientos y sentimientos no deseados. El SL reacciona o controla básicamente estas tres áreas.
• Para cambiar, se debe programar al cerebro para primero descubrir estas falsas creencias y entonces reemplazarlas con las verdaderas. El adicto se darás cuenta que ha estado saboteando sus relaciones con la creencia de que no necesita de nadie. La verdad es que necesita confiar en Dios y en otros. El SL le hará muy difícil la realización de cambios que involucran riesgos (como la de ingresar a un Programa de Recuperación) a menos que se sienta que está a salvo. Y el SL no está a salvo al tomar el riesgo solo.
• Si bien ya el adicto ha descubierto falsas creencias, descubierto las mentiras y conocido una nueva verdad, hay un rezago de tiempo entre el que él SL comienza a creer y en el que el neocortex aprende. A esto se le llama Retraso Límbico (RL), un proceso que puede llevarse un par de meses hasta años, si bien se irá haciendo más corto a medida que continúas desafiando las falsas creencias (memorias traumáticas) y adicto se arriesga a creer en las personas. Puede llega a tener ataques de miedo y pánico, pero una vez que avanza con ellos sin practicar su antigua conducta, el SL dirá: “Oh, Hemos avanzado en esto y todavía sobrevivo”. La próxima vez que se experimenta temor, éste será menor, y uno será capaz de hacer buenas elecciones en vez de sobreactuar con respuestas anteriores.
• Los antiguos hábitos automáticos no son cambiados ni rápida ni fácilmente, y son más fuertes cuando estamos cansados. Muchos adictos en recuperación y sobrevivientes de algún trauma han programado la parte superviviente de sus cerebros con cientos y cientos de sustitutos para evitar pensamientos o emociones indeseados, eligiendo no luchar contra el asunto, sino tomar el evasión y dirigirse a la adicción. Al paso del tiempo este patrón de evasión llega a convertirse en reacciones automáticas. Con una nueva identidad basada en nuevas creencias, éstas pueden cambiar ese patrón de evasión o reprogramar el SL.
• Los cambios ocurren por una decisión a la vez. No importa lo que las emociones digan respecto a que uno se sentirá bien haciendo drogas, alcohol, sexo, comida; el adicto debe escuchar lo que su mente conoce, y hacer lo que es mejor y correcto. Si continúa aplicando este tipo de pensamiento, comenzará a romper con el patrón de evasión, decreciendo así el tiempo en el proceso del Retraso Límbico.
• Las drogas y el alcohol son anestésicos. Hacen una cosa: matan el dolor. Es razonable entonces asumir que cuando alguien cede al anestésico, sentirá el dolor, profunda y fácilmente. Saber qué hacer cuando esto ocurre, es una herramienta crítica en la prevención de la recaída. La prevención a las recaídas se basa en encontrar nuevas formas apropiadas para responder a una situación dolorosa. Con el fin de responder al dolor de manera apropiada, los adictos tienen que permitirse sentir a sí mismos. Las dos respuestas más comunes al dolor son el enojo y la ansiedad. El enojo es una de las más comunes de las respuestas al dolor. Esta clase de respuesta llega a ser “normal” en una familia disfuncional cuando nadie puede admitir los problemas o el temor. El enojo nos ayuda a vencer el dolor haciéndonos sentir tensos, lo que causa excitación, liberación de adrenalina y endorfinas, distrayendo nuestra atención del dolor. Un respuesta de enojo produce una respuesta neuroquímica similar a una toma de cocaína.
• La mayoría de la gente dice sentirse mal después del enojo, pero en el momento el enojo mismo nos hace sentir grandes, fuertes, agresivos y poderosos. El enojo es un poderoso anestésico físico y emocional. La heroína es un poderoso dolor que mata. Cuando pregunto a un cliente adicto a la heroína ¿Cuánta heroína necesitas tomar para que no sientas cuando te golpeó en la cara tan fuerte como puedo?, su respuesta es siempre la misma: “Exactamente en el umbral de la sobredosis y la muerte”.
• Consciente o incoscientemente, hemos aprendido a usar emociones como el enojo para matar el dolor y evitar pensamientos y memorias subconscientes, no deseados. Algunos adictos tienen la adicción al enojo tanto como a las drogas, especialmente si su papel modelo era el de un ira-alcohólico. La gente sana va hacia el dolor y lo enfrenta valerosamente. Si bien el riesgo es incómodo, nosotros todos gozamos los sentimientos que viene de un resolución conflictiva y una clara conciencia. Manteniéndose en el enojo o evitando cosas que deben ser negociadas, nos toma una cuota tremenda de energía. Reprimir a la conciencia de conflictos no resueltos lleva al cansancio y el resentimiento.
• La ansiedad es igualmente usada para luchar con los sentimientos. Si bien incómoda, esta emoción libera neuro-químicos que hacen que el cuerpo se acelere y evite la depresión. El Dr. Stiles en su libro Throns in the Heart, declara: “Además de ponernos alerta en situaciones de crisis, la ansiedad tiene una función adicional. Sirve como antídoto al dolor físico y emocional. Dado que la ansiedad es comúnmente relacionada con el dolor y la angustia, su función como máscara para el dolor puede tener sorpresas. ¿Si la ansiedad causa dolor emocional, cómo es que también lo detiene? En cantidades modestas, la ansiedad es una cortina de humo efectiva”.
• Aquí es donde el problema comienza. Cuando hallamos que la ansiedad nos ha servido bien en situaciones particulares, tales como enmascarar el dolor, nosotros podemos deliberadamente usarla otra vez. En este punto nuestro cerebro inferior comienza a registrar nuestra respuesta. Pronto, una impresión o hábito se desarrolla, y nosotros comenzamos a aprender sobre la ansiedad. Al tiempo, cualquier cosa que dispare ese patrón aprendido, producirá las respuestas de ansiedad.
• Si una persona se mantiene cada día, en dos de los resentimientos sin resolver que produce la ansiedad, en un año habrá añadido 730! ¿Cuántos de estos resentimientos crees que un persona puede mantener dentro de ella antes de que recaiga. Lo que nosotros sabemos es esto: los resentimientos hacen recaer a alcohólicos y adictos. Como dice El Libro Grande de AA: “El resentimiento es el ofensor número uno, destruye más alcohólicos que cualquier otra cosa: de él provienen todas las formas de enfermedad espiritual” »

No basta intentarlo


La soledad tramposa en que el alcohólico y el adicto se encierran, los va a privar de la calidez y la ternura de sus seres queridos que prefieren abstenerse de expresar sus nobles sentimientos y se vuelven fríos o distantes. El alcohólico necesita verdaderamente estos afectos básicos y va a proceder a buscarlos por otros lados, con otra gente pero con idénticos resultados. La sensación de placer, confort y alivio de su soledad los encontrará en el alcohol o en las drogas, cualesquiera que éstas sean. Con el tiempo, este sentimiento de abandono, más la sustancia que ingresa al organismo resultarán en una combinación satisfactoria, a la que él recurrirá con frecuencia a la fórmula mágica que le llenará el vacío interior que lo atormenta. Ya se ha dicho: al cerrarse el círculo, las consecuencias pueden ser fatales. …A menos que quiera emprender el camino de regreso, y/o ocurra un milagro en su vida.
A medida que pasa el tiempo y las intoxicaciones aumentan en frecuencia y en intensidad, la persona adicta al alcohol o a las drogas, va a “involucionar”, es decir, va a comportarse, cada vez más, con menos madurez para resolver su problema. Su mente emprenderá un camino hacia el pasado, hacia la vida infantil, aunque su cuerpo y su necesidad de intoxicarse siguen creciendo (es lo único que realmente evoluciona). No es posible que haya crecimiento o enriquecimiento de la personalidad si hay de por medio abuso o dependencia de alcohol o drogas. decimos que sucede lo contrario a las leyes naturales del desarrollo humano.
Este camino de regreso en algunos casos ya no ofrece otra salida más que la de la destrucción total de la persona adicta. El tiempo que va a tomar recorrer este camino es desconocido. A algunas personas les toma algunos meses y a otras, muchos años. Por desgracia no es un camino que se recorre solo (ya que el adicto no soporta la soledad); lo acompañan personas queridas, cercanas, interesadas en salvarlo. Estas personas, empeñadas en una lucha titánica de rescate, se olvidarán de sí mismos, sumergiéndose en el torbellino sin fin de esta enfermedad que no tiene fondo.
No basta que el alcohólico cambie su manera de comportarse: si lo único que han conseguido es intoxicarse un poco menos, o lo hacen ya sólo de vez en cuando, el problema sigue siendo el mismo. Mientras no abandonen totalmente la sustancia de la que dependen no puede haber esperanzas reales de cambio. Pero tampoco es suficiente el que deje de beber.

¿Hasta dónde es responsable el alcohólico de su alcoholismo?



 

A.   La primera postura esgrimida para responder a esta pregunta es el llamado modelo Moral que dice: “El alcohólico es enteramente responsable del problema, de su uso y de su cura”. Como su nombre lo indica, al problema se le ve como algo claramente inmoral, una disposición pecaminosa del ser humano. El alcohólico deberá, a partir de su “fuerza de voluntad”, tomar decisiones radicales. Lo que le pasa, le pasa a su alma, a su espíritu, a su yo, sin importar (o averiguar) si fisiológicamente existe un desajuste en quien bebe. Este punto de vista (utilizado en algunos grupos religiosos) muy a menudo ignora que el alcohol es un problema de la “persona integral”: no es sólo su espíritu y alma quienes se enferman: también el cuerpo y la mente están sumamente dañados por el consumo, y es, precisamente, la voluntad, la que está enferma y rechaza cualquier tipo de ayuda. Un buen número de movimientos religiosos están aliados a esta condena en contra del alcohólico.

B.    La segunda postura (ya ampliamente comentada líneas arriba) es la médico-científica que expresa: el alcoholismo es una enfermedad, por tanto el alcohólico no tiene responsabilidad ni por el problema ni por la cura. La postura en sí se mira demasiado determinista, pero no lo es. La nula capacidad de la medicina para detener el proceso alcohólico en el individuo, le ha hecho voltear hacia opciones alternativas, menos científicas pero, al parecer, con mucho mayor éxito. “La medicina (dicen los AA) es un gran aliado del alcohólico”. Los otros grandes aliados de éstos son la psiquiatría y la religión. Durante la década de los años 50´s, una de las organizaciones de médicos más grande e importante del mundo, la Asociación Médica Norteamericana, misma que congrega a casi todos los médicos de ese país, acordó reconocer el alcoholismo como una enfermedad. Años más tarde, la Organización Mundial de la Salud (OMS), también estuvo de acuerdo en tratar al alcoholismo como una enfermedad médicamente manejable.

C.   El tercer modelo sobre responsabilidad, llamado Compensatorio dice (en una suerte de conciliación entre las partes anteriores) que el alcohólico debe ser apoyado emocionalmente. Dado que el alcoholismo es una enfermedad y, hasta cierto punto, producto del factor genético, el alcohólico no es responsable de su alcoholismo, pero sí de su cura. Este modelo deja a criterio del enfermo el método de la “cura”. Un gran número de éstos elige esta opción por fácil y “conveniente”, y se dan a la práctica de los múltiples programas que se les presentan: desde centros de desintoxicación a la orilla del mar u otra clínica de menor jerarquía, hasta programas como beber sólo los fines de semana, tomar sólo el fin de mes, ingerir pociones de hierbas medicinal, visitar a algún curandero e, incluso, realizar algunas prácticas de hechicería (como beber en ayunas un vaso de leche de marrana negra), o algo semejante. El tiempo lo dice todo: casi invariablemente el alcohólico volverá a su antigua práctica.

D.   El cuarto modelo se denomina Iluminador. Sostiene que el alcohólico no es responsable del problema, sí de la cura, pero, por ser impotente para curarse por sí mismo, requiere de un poder superior a él que lo ayude a superar el problema. El alcohólico es incapaz de curarse a sí mismo. Los AA lo dicen así “Esto significa la creencia en un Creador que es todo poder, justicia y amor: un Dios que me tiene asignado un propósito, un significado, un destino de crecer, aunque sea poco y a tropiezos, hacia su imagen y semejanza”. Para algunos de esos AA, el verdadero cambio inició en el momento en que se declararon impotentes para enfrentar su problema; el único paso que tuvieron que dar parece fácil y muy accesible: “Lo único que tuvimos que hacer, fue recoger el simple juego de instrucciones espirituales que pusieron en nuestras manos”.

 

¿Restauración Instantánea?


La sanidad y restauración del alcohólico difícilmente se llevará a cabo de forma instantánea, o porque alguien le impone manos y dice: “En este momento eres libre de la esclavitud del pecado” (lo cual no niega que exista ese milagro a la voz de ya). La mayoría de las veces, ese milagro de ver a un hombre sobrio nuevamente, lleva tiempo; es un largo proceso de restauración, a veces, durante toda la vida. ¿Y qué de raro tiene esto desde un punto puramente cristiano?. El Dr. Anderson Spickard lo expone de la siguiente manera:

Cada año miles de alcohólicos pasan por la iglesia buscando la manera de dejar de beber. Algunos la encuentran. La gran mayoría, sin embargo, caen el mito de la “cura rápida”. Han sido persuadidos por creyentes evangélicos bien intencionados que si sólo dicen las palabras correctas, hacen las oraciones acertadas o encuentran a la persona indicada para que les imponga las manos, su hábito desaparecerá milagrosamente.
Es cierto que algunas personas son sanadas instantáneamente del vicio. No obstante, por cada alcohólico que sanan así, hay miles que buscan ayuda en la iglesia y regresan al altar con su angustia más profunda y su fe destrozada. Pocos son los que eligen continuar asistiendo a los cultos, con la esperanza de encontrar un día la llave secreta que los lleve a la sobriedad. Muchos son “sanados” de su alcoholismo una y otra vez. Se embriagan, se arrepienten, dejan de beber ¾a veces hasta por dos años¾ y después vuelven a la bebida. Su impotencia en dejar de beber se atribuye a menudo a una debilidad espiritual o a una misteriosa incapacidad de apropiarse de la gracia de Dios.

Por otro lado, poco se ha ponderado el hecho de que los borrachos no son los únicos señalados en la Biblia como excluidos del reino de Dios por ser unos ebrios sin remedio: “¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No erréis, que ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los robadores, heredarán el reino de Dios”. 1 Corintios 6:9-10. En esta Escritura los borrachos aparecen en ¡octavo lugar!, justo después de otros cuya conducta desviada pude permanecer oculta para siempre. A nadie, por ejemplo, se le ha ocurrido abrir un grupo de auto-ayuda ¡para mentirosos!.
Sólo a los borrachos y/o drogadictos se les asigna un lugar para rehabilitarse. Ya se ha señalado el porqué: la adicción no solamente daña al consumidor del tóxico, sino que su mal se extiende a la familia, el trabajo, la sociedad y la iglesia misma. La conducta del adicto llega a ser “una vergüenza” para quienes le rodean; además la intoxicación es difícil de encubrir debido a que actúa sobre el sistema nervioso central, vapuleándolo de tal forma que se pierde el equilibrio corporal y se divaga mentalmente, con incoherencias y sustratos del inconsciente que resultan absurdos para cualquiera que escucha al adicto. Los otros transgresores se sienten aliviados de que su mal no explote con la evidencia que lo hace la adicción al alcohol.

Los pasos detrás de la recuperación


Dejar de ingerir alcohol, ciertamente trae signos alentadores. Existen miembros de AA que han dejado la bebida por diez, veinte y hasta treinta años o más. Sin embargo, el mismo grupo pondera el principio de “cualquiera puede dejar de beber; no todos tienen un despertar espiritual”. Este despertar se materializa, básicamente, en conductas y actitudes fundados en actos de honestidad y respeto, primero con uno mismo, y luego hacia los demás. Las “borracheras secas” (es decir, sin ingerir alcohol) son el resultado opuesto a ese estado de espiritualidad. Aquí, el alcohólico en recuperación se muestra con los mismos síntomas emocionales y mentales que cuando ingería alcohol: ansiedad, ira, enojo, impaciencia, resentimiento, baja auto-estima. En pocas palabras, su espiritualidad continúa siendo cero, su proyecto de vida sigue siendo el propio, sus ideas y pensamientos fluyen en forma autónoma. A fin de cuentas, con ese carácter opresivo, sigue destruyendo su vida y la de los demás. Esta es una realidad que tiene que aceptarse, de ahí que el paso inmediato para estas personas sean los grupos de autoayuda, cuya asistencia constante permite compartir la carga y encontrar soluciones para el diario vivir.
Pero hace falta el auto-conocimiento: el revelar y exponer a la clara luz del día los conflictos que condujeron a las intoxicaciones no hace que las dificultades desaparezcan. Cada persona tiene que descubrirlas por sí misma, en su interior, identificarlas y darles una jerarquía que le permita luchar con ellas una a una. El programa bíblico de los 12 Pasos es un arma única de ayuda en este proceso.
Si antes del período de abuso del alcohol o de las drogas existían problemas personas e interpersonales, éstos crecieron, se magnificaron. Si no existían, aparecieron y sirvieron de justificación o excusa para seguir intoxicándose. En cualquiera de las dos situaciones, tienen que ser expuestos, enfrentarlos y oponerles las armas sencillas de un programa de recuperación bíblico. El problema central recordemos, no fue el alcohol, sino un profundo alejamiento de Dios. Al paso del tiempo, el conflicto básico se enredó con otros problemas y más conflictos, convirtiendo a la persona adicta en una maraña de complicaciones que parecen no tener pies ni cabeza.
La omnipotencia, los resentimientos, la ansiedad excesiva, la confusión de los sentimientos, la poca tolerancia a la frustración, el falso orgullo, la desconfianza, la inseguridad, la capacidad de evadir los problemas, son sólo algunas de las caras del alguien quien, aun cuando haya dejado de beber, no ha alcanzado madurez. Esto es lo que dice Pablo: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre que está viciado conforme a los deseos engañosos. Efesios 4:22. Lo que se requiere entonces, no es sólo dejar de beber, sino permitir que día a día la Gracia de Dios nos pula, arregle, modifique; así como lo dice Pablo: “Renovándonos en el espíritu de nuestra mente, y vistiéndonos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” Efesios 4:23-24.
El estar conscientes de la gracia de Dios, de su amor y compasión por encima de la culpa y la condena a la que el adicto se ve orillado por las críticas externas, ayuda mucho. La Biblia dice: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” Romanos 5:8. Lo cual implica una puerta abierta a aceptar que el adicto es contado entre esos a quienes Cristo ama sin límite alguno.
Pero éste es apenas el inicio. Se tiene que aceptar que cuando recibimos la misericordia de Dios a través de Jesucristo, ni las neuronas ni los traumas del pasado se convierten; se quedan allí como parte nuestra; permanecen como un reto para nuestras vidas, un reto que va a tener como fuente primaria de acción la humildad para aceptar que el Espíritu Santo siga haciendo en nosotros la obra que ya Cristo ha comenzado: “Estando confiado de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” Filipenses 1:6.
Toda una deformación queda allí dentro de nuestra alma que debe ser regenerada día a día por Dios a través de su Gracia. Esta deformación es el conjunto de mala información tanto genética; “En maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” Salmos 51:5; como la crianza de nuestros padres, el ambiente social, y muchos otros factores. A toda esta influencia que llega hasta y sale desde dentro del alma, la Biblia le llama “carne”. La carne no es solamente el cuerpo físico de los animales y hombres, o un concepto de la humanidad (“toda carne”); en el contexto que se usa ahora es, en un sentido más fuerte, la parte terrenal del hombre representada por lujurias y deseos; así, la carne es contraria al Espíritu “Porque la carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne: y estas cosas se oponen la una a la otra, para que no hagáis lo que quisieres”. Galatas 5:17. Las obras de la carne descritas en seguida, se asemejan muchísimo a las que el alcohólico práctica en forma extrema, y que de ninguna forma desaparecen en un sólo instante: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, disolución, Idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías. Envidias, homicidios, borracheras, disoluciones, y cosas semejantes”. Galatas 5:20-21. Estas cosas “semejantes” son: estrés, ansiedad, impaciencia, síndrome de abstinencia, delirios, etc.

La Restauración


En la Biblia restaurar significa arreglar, componer, rediseñar, sanar, lo que está arruinado, destruido, en mal estado. Esto sucede en 2 Cronicas 24:13 “Hacían pues los oficiales la obra, y por sus manos fue la obra restaurada, y restituyeron la casa de Dios a su antigua condición, y la consolidaron”. El arreglo sucede también en el cuerpo físico, como con Naamán el sirio, cuando Eliseo le dice: “Ve y lávate en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio” 2 Reyes 5:10. Con más frecuencia, se utiliza la palabra Reparación con el mismo significado: “Elías dijo entonces a todo el pueblo: Acercaos a mí. Y todo el pueblo se llegó á él: y él reparó el altar de Jehová que estaba arruinado”. 1 Reyes 18:30; “Pero el año veintitrés del rey Joas, no habían aún reparado los sacerdotes las aberturas del templo”. 2 Reyes 12:6; “Y edificó la ciudad alrededor, desde Millo hasta la cerca: y Joab reparó el resto de la ciudad”. 1 Cronicas 11:8.
La restauración con sentido de recuperación de un estado espiritual, es señalada en la Biblia mediante la palabra hebrea shuwb, la cual es usada unas 1339 veces en 950 versos (de acuerdo a Strong’s Complete Dictionary). David, por ejemplo escribe en Salmos 19:7 que “La ley de Dios es perfecta y restaura el alma”; lo mismo sucede en Salmos 23:3 “Él restaura mi alma”, y en Lamentaciones 1:16 “Porque se alejó de mí el consolador que restaure mi alma”. (NASB). Traducido shuwb como Recuperación, Restitución y Arrepentimiento (volverse de donde se iba, sin implicar volver al punto donde uno se encontraba), a través de toda la Biblia, Dios exige confrontar nuestro pecado como un requisito para la recuperación.

En los Evangelios abundan los hombres y mujeres cuya vida fue restaurada, ya sea física o espiritualmente (o ambas). En estos casos vemos algunas cosas curiosas. Por ejemplo, el modo de restaurar (sanar) de Jesús, a varios hombres con la misma enfermedad. En Mateo 9:27-29 se lee: “Y pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando voces y diciendo: Ten misericordia de nosotros, Hijo de David. Y llegado a la casa, vinieron a él los ciegos; y Jesús les dice: ¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos dicen: Sí, Señor. Entonces tocó los ojos de ellos, diciendo: Conforme á vuestra fe os sea hecho. Y los ojos de ellos fueron abiertos”. Lo mismo ocurre en Mateo 12:22 “Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo, y le sanó; de tal manera, que el ciego y mudo hablaba y veía”. Aquí la sanidad, la restauración de la vista de los ciegos, en ambos casos, resultó instantánea. En el segundo caso Jesús “ vino a Bethsaida; y le traen un ciego, y le ruegan que le tocase. Entonces, tomando la mano del ciego, le sacó fuera de la aldea; y escupiendo en sus ojos, y poniéndole las manos encima, le preguntó si veía algo. Y él mirando, dijo: Veo los hombres, pues veo que andan como árboles. Luego le puso otra vez las manos sobre sus ojos, y le hizo que mirase; y fue restablecido, y vio de lejos y claramente a todos” Marcos 8:22-25. Y también, en otra ocasión, Jesús se halla con un ciego de nacimiento, a quien devolvió la vista: “… escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo sobre los ojos del ciego, Y le dijo: Ve, lávate en el estanque de Siloé (que significa, Enviado). Y fue entonces, y se lavó, y volvió viendo”. Juan 9:6-7. ¿Por qué este modo distinto de sanar en casos tan similares?
Esto tiene que ver, claro, con una pregunta que todos nos haríamos sobre esta historia del hombre anónimo: ¿Por qué Dios al tener de él misericordia y perdonarle la vida, no le ha quitado al mismo tiempo las ganas inmensas que tiene de irse a beber, y volver a su vida antigua? No tengo la respuesta. Tampoco sé por qué Eliseo envió a Naamán a que se lavara, no una, sino siete veces en el Jordán; ni por qué sólo un leproso, de diez, halló la veradera salvación, no obstante que los otros nueve también fueron limpios. Menos alcanzo a entender la negativa de Dios para quitar de Pablo el “aguijón de carne” de parte de un mensajero de Satanás, y consolarle solamente con un “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. 2 Corintios 12:9.
Sí sé, por el contrario, que aun cuando Dios nos ha perdonado de nuestra vida pasada, en el presente seguimos sufriendo muchas de las consecuencias de lo sucedido y hecho en aquella. Con una diferencia enorme: ahora tenemos de su gracia para enfrentar los contratiempos.

Tal vez, el caso que mejor ilustra el camino de la restauración, sea el de David. El Salmo 51 resume admirablemente el punto exacto en el que David requería y demandaba sanidad. La súplica inicia con el principio contenido a lo largo de este libro: “Ten piedad de mí, oh, Dios, conforme a tu misericordia”. Es la misma súplica que un hombre emitió aquel día, en un cuartucho sucio y oscuro situado al final de las playas del puerto de Veracruz ¾y es la misma de nuestro hombre anónimo previo a arriesgar su vida en las arenas del desierto o bajo la espada de los conquistadores judíos. El tamaño de la misericordia de Dios es mesurable sólo en tanto uno experimenta cómo aquella mente arruinada y en medio de los escombros, va siendo renovada cada día por la Gracia de Jesucristo.
En el círculo infinito de la misericordia de Dios, toca al hombre, al adicto, dejarse ayudar por otros y poner su problema en manos de Dios, reconociendo su impotencia total ante el alcohol y la absoluta potencia de el Señor para sacarlo del hoyo negro en donde ahora se encuentra, ¾esto es, tomar una decisión única y vital: declararse incapaz ante su problema, ver los recursos de Dios como los únicos viables hacia una nueva vida, y declarar que nuestra vida no ha sido en absoluto del agrado de Dios. “Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de ti. Contra ti, contra ti sólo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos”.
El siguiente paso es dejar que Jesucristo, a través de la obra del Espíritu Santo, vaya obrando en nosotros: limpie, resane, reconstruya nuestro ser total. “Purifícame con hisopo, y seré limpio: Lávame, y seré más blanco que la nieve. Hazme oir gozo y alegría; Y se recrearán los huesos que has abatido. Esconde tu rostro de mis pecados, Y borra todas mis maldades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio; Y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti; Y no quites de mí tu santo espíritu. Vuélveme el gozo de tu salud; Y el espíritu libre me sustente”.
Esta es una enfermedad profunda, que requiere de un carpintero hábil y capaz, para restaurar cada pieza de ese espíritu quebrantado. Lo que muestra David aquí es muy simple: aunque pecó sexualmente con Betsabé, y contra el marido de ésta, mandándolo matar, en realidad su trasgresión fue contra Dios. David no se justifica, no niega, no proyecta, no se habilita tácticas dilatorias; simplemente va al punto: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva (restaura) un espíritu recto dentro de mí”. Por supuesto, esto le llevó varios años a David. Aun, al final de ellos, llega a la conclusión dolorosa: “Yo sigo el camino de todos en la tierra” 1 Reyes 2:2; y también “Extendí mis manos a ti, mi alma a ti como la tierra sedienta” Salmos 143:6.
Dice Twerski que la restauración del alcohólico es una serie de retos constantes. Podemos invertir una gran cantidad de esfuerzo en superar una dificultad, pero apenas habremos empezado a relajarnos, nos encontramos frente a otra, y así sucesivamente hasta el infinito. Los adictos en recuperación creen que esto es inusual. Si descubren que son incapaces de pasar un largo rato sin que su paz se vea alterada, se sienten separados e injustamente atormentados. Pero si vuelven al consumo de alcohol, se hallarán con una serie intolerable de problemas con los que deben lidiar. Según él nadie más podría estar sujeto a tan terribles tribulaciones.
Es exactamente en este punto que la fraternidad formada por otros que han encontrado la salida, toma su verdadero valor. El adicto recién llegado va a encontrar que otros, con muchos mayores problemas que él, se hallan ahora sobrios, han traspasado la línea de su realidad distorsionada, poseen una vida nueva, y han hallado esa paz mental y espiritual que, dice Pablo, “sobrepasa todo entendimiento”. ¿Cómo lo lograron? Ciertamente no de un sólo plumazo, o de una pasada al altar o porque simplemente se cansaron y dijeron “ya estuvo”. Lo hicieron comenzando por aceptar la misericordia de Dios, declarándose impotentes ante su problema ¾lo que implicó dejar atrás todo su sistema autónomo de creencias¾, y luego aceptar el desarrollo de una vida de restauración que les permite ir rompiendo poco a poco, con antiguas formas de pensar. Han comenzado a entender lo que Pablo dice a los Romanos “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” Romanos 12:2.
Para quienes se oponen a un programa de restauración basado en los 12 Pasos de AA, tal vez resultaría ocioso recordar aquí que dicho programa es de extracción netamente cristiana. Su influencia principal se halla en el llamado Grupo de Oxford, guiado por el clérigo episcopal Samuel Schoemaker. En esencia el programa incorpora el corazón de las enseñanzas bíblicas concernientes a la relación redentora de Dios con los hombres, desde la salvación hasta la tarea de evangelismo. Comienza con la admisión de los errores humanos (pecados) y una profesión de fe en el poder, amor y perdón de Dios ¾que son la esencia de la justificación. El programa sigue animando a la confesión continua de nuestros errores (pecados), la sumisión total al control de Dios, y una conducta compasiva hacia los demás ¾los principios de la santificación. Finalmente, alienta los hábitos de la devoción, responsabilidad a la voluntad de Dios, y el compartir el mensaje de recuperación con otros ¾las bases de un estilo de vida cristiano.
Estas son quizá las buenas noticias de los grupos de auto-ayuda como AA. Lo demás ha sido un desarrollo histórico que, a partir de 1935, ha enseñado cosas positivas y negativas de estos grupos. Al “desacralizarse” cada vez más ¾o mejor dicho, al alejarse más cada vez de los verdaderos valores cristianos¾ estos grupos cayeron en un ejercicio catártico nada ortodoxo. Aún así, existen en la actualidad muchos grupos cristianos que han retomado la raíz del movimiento, han vuelto a la Biblia, a declarar que ese poder Superior es Cristo Jesús, y a ponderar una vida de santidad como recurso invaluable para permanecer sobrio cada instante del día.

La puerta no se ha cerrado: Cristo Jesús sigue siendo la esperanza luminosa para rescatar al adicto a esa esclavitud perniciosa.