¿Es el alcoholismo un
pecado, un vicio, una enfermedad? Los puntos de vista difieren entre las
familias cristianas que tienen un hijo, un padre un esposo o un amigo con este
problema. Enfrentarlo requiere no sólo de aplicar uno de estos criterios sino de
estar preparados para ello. El alcoholismo, a pesar de ser lo causante de un
sinnúmero de desastres, es uno de los temas menos conocidos entre los creyentes,
quienes en atacarlo y combatirlo no se dan cuenta que duermen con el enemigo en
casa. En este artículo examinaremos este problema y trataremos de dar un enfoque
cristiano al mismo.
En algunos círculos
cristianos existe una marcada tendencia a diferenciar las adicciones como el
alcoholismo de una enfermedad verdadera. Se califica al drogadicto y al
alcohólico, no como un enfermo sino como un pecador (a veces de lo más
despreciable); un irresponsable, un inmoral, una vergüenza para la familia y
para la sociedad. Estamos de acuerdo: la adicción a los tóxicos y al alcohol es
consecuencia inevitable del pecado. ¿Pero no lo es también cualquier otra
enfermedad física? Si nos basamos en este hecho encontramos que, ya sea por
herencia o por agentes externos a nosotros, cualquier enfermedad (diabetes,
hipertensión, cáncer, sida) es consecuencia del pecado del hombre.
El Diccionario de la
Real Academia Española define así la palabra enfermedad:
1. Alteración más o menos grave de la salud: ~ del sueño, trepanosomiasis; ~ mental, deficiencia general de la organización de la mente; ~ profesional, la que es consecuencia específica de un determinado trabajo; ~ venérea, la transmitida por contagio sexual.
2. Alteración en lo moral o espiritual.
Por su parte la Biblia,
en
En estos dos pasajes se
habla de una enfermedad intangible, con síntomas extraños y difíciles de
diagnosticar: se refiere más bien de una condición existencial y las
consecuencias que conlleva cierta actitud hacia la vida.
Así, en la Biblia la
palabra “sanar” no se refiere exclusivamente a restaurar la salud de una
enfermedad física, sintomática y diagnosticable. Leemos en
Pero ¿qué dice la
ciencia médica acerca del alcoholismo? Durante la década de los años cincuenta
una de las organizaciones de médicos más grande e importante del mundo, la
Asociación Médica Norteamericana, misma que congrega a casi todos los médicos de
ese país, acordó reconocer el alcoholismo como una enfermedad. Años más tarde,
la Organización Mundial de la Salud (OMS) también estuvo de acuerdo en tratar al
alcoholismo como una enfermedad médicamente manejable.
Este concepto se amplió
y se aplica hoy en día también a la dependencia de drogas ilegales o las de
prescripción médica que alteran el estado de ánimo del que abusa de ellas. Esto
es, la adición a las drogas, al igual que la adicción al alcohol, es una
enfermedad. Para poder comprender la razón por la cual la adicción al alcohol
y/o las drogas es una enfermedad, se definen primeramente los rasgos
característicos que presenta cualquiera otra enfermedad: La ciencia médica la
define como un fenómeno que presenta, al menos, estas tres características:
Primera:
síntomas, que son un conjunto de señales de alarma que el organismo “emite” con
la finalidad de indicar algún desperfecto en su estructura o en su
funcionamiento.
Segunda:
progresión, esto es, las cosas tienden a empeorar si no se atiende el problema;
Tercera:
un pronóstico de cuáles serán los resultados cuando la enfermedad sigue su curso
natural.
El problema del
alcoholismo se vuelve más complejo, cuando nos preguntamos ¿De qué tipo de
enfermedad se trata? ¿Es como un resfrío? ¿Como la hipertensión arterial o el
herpes o la diabetes? Los médicos simplemente la han definido como una
enfermedad primaria, progresiva y mortal. Y esto ¿qué significa realmente?
Primaria:
la palabra significa “primera” o que aparece en primer lugar.
Muchas personas piensan
que la adicción a las drogas surge después, o es consecuencia de algún problema,
como alguna enfermedad mental, un “trauma” sufrido durante la niñez o
simplemente porque alguien se le murió o sufrió una decepción amorosa. En este
caso, en el que la adicción al alcohol nace después de uno de estos problemas,
se dice que se trata de una enfermedad “secundaria”, esto es, que es una
consecuencia directa de otro problema mental o emocional, que primero apareció
el problema mental y después, como resultado, vino la adicción a las drogas.
Esta es una idea algo anacrónica y no completamente cierta. La ciencia
contemporánea ya corrigió este punto de vista. La realidad es que la adicción al
alcohol puede padecerla cualquier persona, tenga o no tenga enfermedad mental
alguna o problema anterior, o trauma histórico; el alcoholismo debe, en cambio,
ser tratado primeramente, esto es: antes que cualquier otro problema mental o
emocional. Esto quiere decir sencillamente que la persona tiene que aceptar que
está enfermo(a) y que debe abstenerse de seguir consumiendo alcohol, además de
pedir ayuda a los expertos en la materia, desde médicos generales hasta
especialistas en la materia: psiquiatras, neurólogos, además de una asesoría
espiritual profunda de parte de consejero que conozca bien cómo tratar al
adicto.
Si bien el alcoholismo
es calificado como una enfermedad primaria, que no depende de otras situaciones
para presentarse, en este artículo se expone que la enfermedad alcohólica es la
mera punta del iceberg, debajo de cuya masa existencial, se halla la verdadera
causa del problema. En este sentido se puede estar de acuerdo con el Dr. Carl
Gustav Jung quien en carta dirigida a Bill W., fundador de Alcohólicos Anónimos,
refuerza el hecho de que el hombre es presa de la adicción, más que nada debido
a un vacío espiritual. Al referirse en esta misiva un paciente en tratamiento
alcohólico, Jung escribe:
“Su deseo vehemente de
alcohol era el equivalente a un bajo nivel de la sed espiritual de nuestro ser
por la integridad; expresada en lenguaje medieval, la unión con Dios: Como el
ciervo brama por las corrientes de las aguas, Así clama por ti, oh Dios, el alma
mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¡Cuándo vendré, y pareceré
delante de Dios!
Progresiva:
quiere decir simplemente que las cosas van a ir empeorando cada vez más mientras
la persona no se atienda. Muchos adictos, sus familiares, amigos o patrones
piensan que con sostener una buena plática con la persona, dándole algunos
consejos o regaños, ésta va a dejar de consumir las drogas o de abusar de las
bebidas alcohólicas y las cosas van a cambiar.
Desgraciadamente esto
no es así en el caso de los verdaderos alcohólicos y adictos. Se requiere de
ayuda especializada. Es muy probable que después de esa plática o serie de
pláticas interesantes e intensas en las que se invirtieron tiempo, energías e
inteligencia, tanto la persona adicta como el voluntario o voluntaria que se
prestó para ayudar, salgan convencidos ambos de que algo bueno va a suceder
próximamente, pero al cabo de pocos días u horas las cosas van a regresar a como
estaban antes o peor. . .
Algunas personas
suponen que el hecho de dejar de consumir por algún tiempo su bebida preferida,
alejarse de ella por semanas o por meses, se convertirá en el mejor argumento
para demostrarse a sí mismo y a los demás que no tienen ningún problema y que
pueden dejar de beber o de drogarse cuando así lo deseen y se lo propongan. La
realidad es que, en lo más profundo de su interior, estará contando las horas y
minutos en los que este plazo se termine para volver a consumir la droga de
manera ilimitada.
Durante el período de
abstinencia en el que la persona no se involucró con el uso del alcohol o las
drogas, su deseo por hacerlo no disminuyó, por lo contrario se vio acrecentado y
toda la energía contenida de ese deseo se desbocará a la hora de regresar a
beber o a usar drogas.
Ante este hecho no es
raro que quienes rodean al adicto se sientan defraudados y sin ánimo de seguir
adelante. Se debe entender muy bien que el adicto se encuentra en un tobogán y
que no va a detenerse a menos que se le suministre un pensamiento sustituto al
que ahora ejerce sobre él un verdadero estado de esclavitud.
Mortal:
Esto parece fácil de entender: a medida que la persona adicta consume más drogas
o alcohol, tiene más riesgo de morir por una sobredosis. Pero este punto no es
el único que hace mortal a esta enfermedad. Hay otros muy importantes. También
se puede morir en un accidente vial por ir manejando intoxicado(a); del mismo
modo puede perderse la vida en algún pleito a golpes o por lesiones producidas
por arma blanca o arma de fuego, situaciones que se presentan comúnmente cuando
las personas se encuentran intoxicadas por el alcohol o las drogas, o incluso
pueden morir al no ingerir alimentos o líquidos vitales, ya que la mayoría de
las drogas quitan el hambre y en ocasiones hasta la sed. Del mismo modo se puede
sucumbir sencillamente porque mientras se abusa del alcohol o de las drogas se
pierde el sentido de la vida y se llega (ya lo hemos dicho) a la depresión
profunda; y esto es algo que le sucede a gran cantidad de alcohólicos y adictos.
Finalmente, se puede perecer por la sencilla razón de que a la mayoría de los
adictos les resulta muy difícil parar de consumir el alcohol o drogas y esto
provoca un deterioro progresivo de las funciones vitales del organismo hasta que
este deje de funcionar. Si no es que, en un estado de depresión profundo, decide
por él mismo quitarse la vida: (ya lo hemos analizado) comete suicidio.
En su libro El
pensamiento adictivo, el rabino Abraham Twerski (un experto en el campo de las
adicciones) amplía magistralmente el panorama sobre el estado actual de la mente
del alcohólico. Aquí un breve resumen de lo dicho por el rabino.
• Si existe un
pensamiento complejo, difícil de entender y de tratar, ese es el de un adicto.
Nunca se recalca lo suficiente la importancia de darse cuenta de que a los
adictos los engaña su propio pensamiento distorsionado; vive una “realidad” que
no corresponde a la realidad de los demás.
• Para un adicto toda
realidad es abrumadora. A causa de esto no se ajusta ni rechaza esta realidad,
simplemente recurre a las drogas y/o al alcohol e ignora esa realidad.
Curiosamente, la causa de las adicciones no son conflictos abrumadores que se le
vienen encima al adicto, sino la distorsionada percepción que vuelve inaceptable
la realidad; el adicto no soporta esa realidad, la cual le parece demasiado
insoportable.
Si no comprendemos
esto, es posible que nos sintamos frustrados o nos enoje tener que tratar con un
adicto. Curiosamente, un pensamiento adictivo no se ve afectado por la
inteligencia. De hecho, a menudo las personas con un intelecto habitualmente
alto presentan grados más intensos de adicción. Si la persona es religiosa o
practica alguna creencia en grupo, puede que tenga el problema y lo oculte, con
el riego de un daño espiritual mayúsculo. Está demostrado que una enseñanza
basada en la religiosidad, la culpa y el resentimiento, provocan en el adicto
tal desesperanza que ve en el consumo de alcohol o químicos la única forma de
anestesiar la depresión y vergüenza que provocan aquellos estados de ánimo.
• La necesidad de la
sustancia química es tan potente que dirige el proceso de pensamiento de la
persona sancionando o preservando la bebida o el consumo. Ésa es la función del
pensamiento adictivo: permitir que la persona mantenga el hábito destructivo. No
basta con decirle al adicto que “vea las cosas como son”, “que se deje de
tonterías”, “que lo que hace es ilógico”. La forma de pensar del adicto está
afectada, enferma; su pensamiento es diferente del “lógico” porque no llega a
una conclusión con base a evidencias o hechos de una situación dada ¡sino
exactamente a la inversa! El adicto empieza por la conclusión Necesito un trago
(u otra droga), y luego elabora un argumento que justifique esa conclusión, sin
importar si es lógico o no lo es, o si está apoyado por los hechos.
• Investigadores en el
área de la adicción, como el Dr. David Sedalk, describen el pensamiento presa de
la adicción como la incapacidad de la persona de tomar decisiones sanas por sí
misma. Señala que no es una deficiencia moral de la fuerza de voluntad de la
persona, sino más bien una enfermedad de la voluntad y la capacidad de usarla.
En otras palabras, nuestra mente se encuentra deteriorada, enferma, incapaz de
percibir las cosas de Dios.
• El grave dilema del
adicto es que no puede razonar por sí mismo. Se trata de un trastorno del
pensamiento que se puede presentar en personas inteligentes, intuitivas,
persuasivas y capaces de un razonamiento filosófico, religioso y científico.
Para re-encontrar la capacidad de razonar con uno mismo, de estar perfectamente
unidos en una misma mente y en un mismo parecer con los demás, requiere de
ciertos factores:
1. La persona debe de disponer de elementos adecuados para acercarse a la realidad. Aquel que desconoce qué es la adicción, cómo puede manejarla, no podrá razonar correctamente acerca del problema.
2. La persona debe tener ciertos valores y fundamentos para hacer elecciones.
3. La persona debe desarrollar un concepto de sí sano, no distorsionado»
En un párrafo que
resume el gran trabajo de Twerski, éste dice: "El pensamiento adictivo no es
espiritual, puesto que su meta es el otro polo de la espiritualidad".
La tolerancia, junto
con otros síntomas, es uno de los rasgos característicos que indican que uno va
que vuela para alcohólico. Tolerancia es el fenómeno de siempre necesitar de más
alcohol, droga o conducta adictiva; lo que se tiene nunca es suficiente. En
cierto grado, es eso lo que les sucede a Adán y a Eva en el jardín del Edén. Uno
se pregunta ¿Qué les faltaba en ese lugar? !Nada! Y sin embargo desean más, lo
que tienen no les basta
¿Por qué el alcohólico
se propone tomar "una sola cerveza", sólo una vez más, "la última y me voy", y
no lo logra?
En el Libro Grande de
Alcohólicos Anónimos, el Dr. William Silkworth expresa lo siguiente: "No estoy
de acuerdo con los que creen que el alcoholismo es enteramente un problema de
control mental. He tratado a muchos individuos que, por ejemplo, habían
trabajado por espacio de meses en un problema o negocio que tenían que resolver
favorablemente para ellos en determinada fecha. Se habían bebido una o dos copas
antes de esa fecha, y el fenómeno del deseo imperioso había adquirido una
preponderancia inmediata sobre los demás intereses y, por lo tanto, no había
cumplido con aquel compromiso tan importante. Estos individuos no bebían para
escapar, estaban bebiendo para aplacar un deseo imperioso que estaba más allá de
su control mental".
Como bien lo señala el
Dr Silkworth, el alcohólico dirige su atención al objeto de su deseo. Dios nos
hizo libres y nos dio capacidad de elegir. En
Como se ha visto en una
de las descripción de la Adicción, existen fijaciones en nosotros de las que
podemos volvernos adictos. Es fácil entender, por ejemplo, que la atención de un
alcohólico esté siempre puesta en la forma de conseguir su trago. No hay lugar
para atender ninguna otra cosa, menos a sí mismo, a su familia o a Dios. En la
etapa final de la carrera alcohólica, el bebedor vive sólo para proveerse de su
bebida, y es capaz de hacer cualquier cosa para conseguir un solo trago: robar y
estafar (si es posible a la misma familia), inventar tragedias (como la muerte
de un hijo), o incluso matar. Una vez que consigue su ansiado trago, lo cuida,
protege y raciona; lo que no hace con ninguna otra cosa que se mueva a su
alrededor.
Tan pronto como se
trata de controlar la conducta adictiva (consumir droga y/o alcohol) mediante
resoluciones autónomas, uno comienza a derrotarse a sí mismo. La mayor de las
veces la derrota se debe a una mezcla de motivaciones: una parte de la voluntad
desea sinceramente ser libre, la otra desea continuar con la conducta adictiva.
Un truco fundamental de la mente es enfocar la atención en la fuerza de
voluntad. De alguna forma, algo complicada, al mente asevera que “ella puede
controlar la conducta”. Pueden tomar muchos fracasos antes de que el adicto se
de cuenta que verdaderamente no puede controlar su conducta adictiva.
Así, cuando Eva toma
del fruto, ya no puede detenerse; entonces ofrece también al marido, se esconde,
miente ... Su voluntad ya no le pertenece del todo.
Cuando el alcohólico
desea "pararla", aparece algo llamado Síndrome de Abstinencia, el cual le va a
hacer volver al consumo. El síndrome se presenta mediante una reacción al stress,
que ocurre cuando el cuerpo es privado de algo a lo que ha llegado a
acostumbrarse y responde con señales de peligro, como si algo anduviera mal:
agitación extrema, temblores, miedo, pánico, taquicardias, y delirium tremens. A
la par de todas estas manifestaciones que se le presentan al alcohólico, una aún
más perniciosa, ha estado tejiendo sus redes en la mente del adicto: eso que
Pablo llama "una mente reprobada": el auto-engaño.
Éste es una de las
marcas significativas de la adicción. Es la exquisita inventiva que la mente
asume para perpetuar el que se siga bebiendo. Aquí, donde la mente lucha en un
enjambre de deseos y motivaciones contradictorios, la energía creativa del
cerebro es usada para derrotar cada uno de los intentos por dejar el alcohol.
Estos engaños de la mente incluyen, principalmente: negación, racionalización,
ocultamiento, proyección y tácticas dilatorias.
En
Si de alguna forma el
alcohólico es descubierto o penetrado en algún punto de su negación (por
ejemplo, que se le halle completamente borracho, durmiendo la mesa de alguna
cantina), entonces echará mano de la racionalización, que nos es otra cosa que
dar excusas en un intento de justificar su conducta alcohólica. Las
racionalizaciones no son mentiras intencionales, la persona llega a creer
verdaderamente que lo que dice, es la verdad. "Es que yo como porque tú comes",
podría haber dicho Adán a Eva
En la cadena de
acusaciones que precede a la desobediencia, Adán proyecta y culpa a Eva de su
fracaso. Ésta a su vez, proyecta su error en la serpiente.
Dice
Allí es donde entra la
clandestinidad. Esto quiere decir que tratará de demostrar que bebe con
"moderación", pero se las ingeniará para beber lo mismo o más que otras veces.
Si lo invitan a una fiesta infantil, entrará al baño de su casa y se empujará
unos tragos antes de salir al festejo; esto por si aquellos "son tacaños con la
bebida". Si "por fortuna" en la fiesta sí se sirven tragos, él es uno de los que
se ofrece para "atender la barra". En las cantinas es de los que tienen un juego
de señas para indicar al cantinero que sirva generosamente, etcétera.
En la adicción existe
siempre un momento en el cual se quiere parar. "Realmente necesito pararle ya,
sólo me falta un poco de disciplina y fuerza de voluntad" ¾se dice el adicto.
Aquí, la mente opone las más astutas inventivas posibles. Entre más creativa e
inteligente es la persona, más descorazonador se volverá el proceso. La mente le
sugerirá que tal vez no es sabio "dejarla" así nomás porque sí; que se puede
manejar el asunto no bebiendo tanto sino "moderadamente". El adicto piensa cosas
como éstas: "En Semana Santa, le paro"; "No puedo dejarla ahora, aún me siento
ansioso e irritable y tengo cosas importantes que atender"; "Quizá si oro Dios
me mostrará cuándo y cómo pararle"; "Este es el último trago que me tomo".
Pero cuando llega el
momento de decidir, al adicto le viene un profundo sentido de temor: siente que
renunciar (pararla) es como la muerte: otro truco de la mente, otra táctica
dilatoria.
Llega el momento.
Siempre llega ese momento, en la que el adicto (ya para entonces en su etapa
crónica y final) bebe a "campo abierto". No le importa ya negar, ni ocultar, ni
jurar que ya no va a beber, ni echar la culpa a nadie. Lo único que desea es
estar pegado a su indispensable botella. Incluso, se embriaga en su propia casa,
con la botella sobre la mesa del comedor. De acuerdo a los expertos, cuando esto
sucede, cuando el alcohólico parece haber perdido toda vergüenza, es el instante
en que éste está diciendo: "!Ayúdenme!".
La progresión que ha
tomado varios años, ha terminado. El total de los sentimientos del alcohólico se
presentan de lleno, predominantemente sentimientos de soledad y pérdida de
auto-respeto y auto-dignidad.
Dice Talbott que no
existe gente más solitaria en el mundo que los alcohólicos. En su carrera de
adicción, muchos de ellos llegan a fracturarse debido a alguna caída, lo que
resulta en huesos rotos, pero no existe dolor más devastador o más insoportable
que el dolor de la soledad y pérdida de auto-respeto.
En este punto, la
enfermedad se manifiesta a sí misma en una forma que comienza a afectar la vida
privada del alcohólico: se comienza a afectar a la familia. A diferencia de las
enfermedades del corazón y el cáncer, que son grandes asesinos, el alcoholismo
afecta tremendamente a la familia. No existe un alcohólico sin una esposa, unos
hijos, unos padres que, a su vez, no hayan enfermado juntamente con él. Cuando
la enfermedad progresa se producen lagunas mentales, que son verdaderas amnesias
causadas por la bebida. El impacto de esto sobre la familia, es devastador.
Entonces viene otra etapa. El alcohólico comienza a faltar al trabajo, lo corren
de éste, comienza a perder amigos y experimenta otras pérdidas. A tal punto
llega a estar afectado que se convierte en lo que se llama síndrome del tiro al
blanco. Llega a ser un individuo al que se le puede aislar hasta matarlo.
“Muéstrenme un alcohólico, y yo les mostraré a un individuo con este síndrome”,
dice Talbott. El alcohólico va quedando expuesto al abandono mediante un proceso
en el que va quitando cada uno de los círculos del disco que sirve como objetivo
del tirador, hasta quedar en el centro mismo de aquél, solo y aislado.
Los círculos que va el
adicto va eliminando son:
1. Cesa su actividad en la iglesia,
2. Luego en la comunidad,
3. En seguida, la actividad con los amigos, sus hobbies y tiempos de ocio
4. Con sus semejantes, compañeros de trabajo y toda la gente que interactúa con él durante el día,
5. Se distancia de la familia
6. Con frecuencia pierde a la familia misma.
Entonces,
repentinamente, el alcohólico está solo, en el centro del blanco, completamente
aislado. El único compañero con el que cuenta, es el trago. Así como Adán y Eva,
fueron expulsados del Paraíso, casi seguramente (de seguir a este ritmo), el
alcohólico será corrido de su casa (antes ya lo fue de la iglesia, el trabajo,
los amigos), y buscará refugio en una fraternidad que lo recibirá con los brazos
abiertos: los Escuadrones de la Muerte.
Dos ángeles con espada
flamígera harán casi imposible que su vida vuelva a ser lo que era antes.
• En términos muy
simples nosotros tenemos dos partes en nuestro cerebro. La primera parte es el
neocortex; está localizada en el frente de la cabeza y recibe y almacena
información para hacer decisiones y recordar. La otra parte es el llamado
Sistema Límbico (SL), y controla todos los sistemas automáticos del cuerpo y las
emociones. Más importante aún, controla las respuestas de sobrevivencia. Cuando
tú te sientes amenazado, estas respuestas protectoras te dicen si has de
defenderse o salir corriendo.
• El SL no posee
memoria como el neocortex. No reconoce la diferencia entre ayer y hace 30 años,
lo que explica por qué algunos de nuestros traumas de la niñez todavía se
disparan en nosotros tan poderosamente. Este sistema es el más afectado por
nuestras creencias, conductas y adicciones. El SL puede ser negativamente
programado a través de experiencias traumáticas, tales como el haber crecido en
una famila disfuncional. Drogas, alcohol y otras conductas compulsivas han
programado el SL para evitar la conciencia de pensamientos y sentimientos
incómodos, en vez de crear respuestas sanas a fin de resolver nuestros temores.
• Los acontecimientos
llegan a través de nuestros sentidos y alimentan varias partes de nuestro
cerebro. El SL colorea o etiqueta estos eventos con grados de respuestas ya sean
peligrosas o no. Si se etiquetan como peligrosas a causa de un trauma en el
pasado (sea real o imaginario) el SL reacciona creando ansiedad o depresión. Si
el evento se etiqueta como un asunto de sobrevivencia, el sistema crea un ansia
que se concentra en la conducta que ha sido asociada con eso que sobrevive del
pasado. El ansia concentra nuestra atención en esa conducta hasta que nos
sentimos a salvo y normales otra vez. Así se crea una adicción.
• La adicción no es
ponerse “hasta arriba”, sino una forma de sentirse normal (libre de stress) La
mente consciente aprende a cooperar con la conducta que sobrevive (adicción), y
la protege de ser desafíada mediante un proceso de filtración llamado negación.
El SL aprendió que el tener necesidades en una familia disfuncional resultó en
vulnerabilidad, dolor, abandono y soledad. Con el fin de sobrevivir día tras día
en una atmósfera disfuncional/amenazante, una persona debe hallar un sistema de
pensamiento que le permita sobrevivir. Una forma en que la persona procede es
pensando: ´No necesito de nadie. Si no necesito de nadie, no soy vlnerable, no
seré lastimado´. Naturalmente esta es una mentira para sobrevivivr. Cada vez que
un sentimiento de vulnerabilidad es experimentado, el temor se arrastra
lentamente y advierte: !Peligro! Los sentimientos de temor le indican a la
persona que huya de un posible dolor.
• El SL responde
automáticamente y subconscientemente aun después de que la traumática y dolorosa
situación han pasado: el subconsciente cree que ´Si tengo necesidad y confío en
otra persona, voy a ser herido y no sobreviviré´. Cuando la verdad del asunto
emerge, el SL reacciona como si estuviera programado para percibir temor y
vulnerabilidad. Este temor puede ser expresado en ira, auto-gratificación y
desconfianza, lo que crea una personalidad de sobrevivencia. Esta personalidad
te hace sentir que tienes el control (libre de temor y stress). Este falso
sentido de control es a menudo alanzado a través de la auto-gratificación o
conductas compulsivo/adictivas que de forma temporal remueven la conciencia de
pensamientos y sentimientos no deseados. El SL reacciona o controla básicamente
estas tres áreas.
• Para cambiar, se debe
programar al cerebro para primero descubrir estas falsas creencias y entonces
reemplazarlas con las verdaderas. El adicto se darás cuenta que ha estado
saboteando sus relaciones con la creencia de que no necesita de nadie. La verdad
es que necesita confiar en Dios y en otros. El SL le hará muy difícil la
realización de cambios que involucran riesgos (como la de ingresar a un Programa
de Recuperación) a menos que se sienta que está a salvo. Y el SL no está a salvo
al tomar el riesgo solo.
• Si bien ya el adicto
ha descubierto falsas creencias, descubierto las mentiras y conocido una nueva
verdad, hay un rezago de tiempo entre el que él SL comienza a creer y en el que
el neocortex aprende. A esto se le llama Retraso Límbico (RL), un proceso que
puede llevarse un par de meses hasta años, si bien se irá haciendo más corto a
medida que continúas desafiando las falsas creencias (memorias traumáticas) y
adicto se arriesga a creer en las personas. Puede llega a tener ataques de miedo
y pánico, pero una vez que avanza con ellos sin practicar su antigua conducta,
el SL dirá: “Oh, Hemos avanzado en esto y todavía sobrevivo”. La próxima vez que
se experimenta temor, éste será menor, y uno será capaz de hacer buenas
elecciones en vez de sobreactuar con respuestas anteriores.
• Los antiguos hábitos
automáticos no son cambiados ni rápida ni fácilmente, y son más fuertes cuando
estamos cansados. Muchos adictos en recuperación y sobrevivientes de algún
trauma han programado la parte superviviente de sus cerebros con cientos y
cientos de sustitutos para evitar pensamientos o emociones indeseados, eligiendo
no luchar contra el asunto, sino tomar el evasión y dirigirse a la adicción. Al
paso del tiempo este patrón de evasión llega a convertirse en reacciones
automáticas. Con una nueva identidad basada en nuevas creencias, éstas pueden
cambiar ese patrón de evasión o reprogramar el SL.
• Los cambios ocurren
por una decisión a la vez. No importa lo que las emociones digan respecto a que
uno se sentirá bien haciendo drogas, alcohol, sexo, comida; el adicto debe
escuchar lo que su mente conoce, y hacer lo que es mejor y correcto. Si continúa
aplicando este tipo de pensamiento, comenzará a romper con el patrón de evasión,
decreciendo así el tiempo en el proceso del Retraso Límbico.
• Las drogas y el
alcohol son anestésicos. Hacen una cosa: matan el dolor. Es razonable entonces
asumir que cuando alguien cede al anestésico, sentirá el dolor, profunda y
fácilmente. Saber qué hacer cuando esto ocurre, es una herramienta crítica en la
prevención de la recaída. La prevención a las recaídas se basa en encontrar
nuevas formas apropiadas para responder a una situación dolorosa. Con el fin de
responder al dolor de manera apropiada, los adictos tienen que permitirse sentir
a sí mismos. Las dos respuestas más comunes al dolor son el enojo y la ansiedad.
El enojo es una de las más comunes de las respuestas al dolor. Esta clase de
respuesta llega a ser “normal” en una familia disfuncional cuando nadie puede
admitir los problemas o el temor. El enojo nos ayuda a vencer el dolor
haciéndonos sentir tensos, lo que causa excitación, liberación de adrenalina y
endorfinas, distrayendo nuestra atención del dolor. Un respuesta de enojo
produce una respuesta neuroquímica similar a una toma de cocaína.
• La mayoría de la
gente dice sentirse mal después del enojo, pero en el momento el enojo mismo nos
hace sentir grandes, fuertes, agresivos y poderosos. El enojo es un poderoso
anestésico físico y emocional. La heroína es un poderoso dolor que mata. Cuando
pregunto a un cliente adicto a la heroína ¿Cuánta heroína necesitas tomar para
que no sientas cuando te golpeó en la cara tan fuerte como puedo?, su respuesta
es siempre la misma: “Exactamente en el umbral de la sobredosis y la muerte”.
• Consciente o
incoscientemente, hemos aprendido a usar emociones como el enojo para matar el
dolor y evitar pensamientos y memorias subconscientes, no deseados. Algunos
adictos tienen la adicción al enojo tanto como a las drogas, especialmente si su
papel modelo era el de un ira-alcohólico. La gente sana va hacia el dolor y lo
enfrenta valerosamente. Si bien el riesgo es incómodo, nosotros todos gozamos
los sentimientos que viene de un resolución conflictiva y una clara conciencia.
Manteniéndose en el enojo o evitando cosas que deben ser negociadas, nos toma
una cuota tremenda de energía. Reprimir a la conciencia de conflictos no
resueltos lleva al cansancio y el resentimiento.
• La ansiedad es
igualmente usada para luchar con los sentimientos. Si bien incómoda, esta
emoción libera neuro-químicos que hacen que el cuerpo se acelere y evite la
depresión. El Dr. Stiles en su libro Throns in the Heart, declara: “Además de
ponernos alerta en situaciones de crisis, la ansiedad tiene una función
adicional. Sirve como antídoto al dolor físico y emocional. Dado que la ansiedad
es comúnmente relacionada con el dolor y la angustia, su función como máscara
para el dolor puede tener sorpresas. ¿Si la ansiedad causa dolor emocional, cómo
es que también lo detiene? En cantidades modestas, la ansiedad es una cortina de
humo efectiva”.
• Aquí es donde el
problema comienza. Cuando hallamos que la ansiedad nos ha servido bien en
situaciones particulares, tales como enmascarar el dolor, nosotros podemos
deliberadamente usarla otra vez. En este punto nuestro cerebro inferior comienza
a registrar nuestra respuesta. Pronto, una impresión o hábito se desarrolla, y
nosotros comenzamos a aprender sobre la ansiedad. Al tiempo, cualquier cosa que
dispare ese patrón aprendido, producirá las respuestas de ansiedad.
• Si una persona se
mantiene cada día, en dos de los resentimientos sin resolver que produce la
ansiedad, en un año habrá añadido 730! ¿Cuántos de estos resentimientos crees
que un persona puede mantener dentro de ella antes de que recaiga. Lo que
nosotros sabemos es esto: los resentimientos hacen recaer a alcohólicos y
adictos. Como dice El Libro Grande de AA: “El resentimiento es el ofensor número
uno, destruye más alcohólicos que cualquier otra cosa: de él provienen todas las
formas de enfermedad espiritual” »
La soledad tramposa en
que el alcohólico y el adicto se encierran, los va a privar de la calidez y la
ternura de sus seres queridos que prefieren abstenerse de expresar sus nobles
sentimientos y se vuelven fríos o distantes. El alcohólico necesita
verdaderamente estos afectos básicos y va a proceder a buscarlos por otros
lados, con otra gente pero con idénticos resultados. La sensación de placer,
confort y alivio de su soledad los encontrará en el alcohol o en las drogas,
cualesquiera que éstas sean. Con el tiempo, este sentimiento de abandono, más la
sustancia que ingresa al organismo resultarán en una combinación satisfactoria,
a la que él recurrirá con frecuencia a la fórmula mágica que le llenará el vacío
interior que lo atormenta. Ya se ha dicho: al cerrarse el círculo, las
consecuencias pueden ser fatales. …A menos que quiera emprender el camino de
regreso, y/o ocurra un milagro en su vida.
A medida que pasa el
tiempo y las intoxicaciones aumentan en frecuencia y en intensidad, la persona
adicta al alcohol o a las drogas, va a “involucionar”, es decir, va a
comportarse, cada vez más, con menos madurez para resolver su problema. Su mente
emprenderá un camino hacia el pasado, hacia la vida infantil, aunque su cuerpo y
su necesidad de intoxicarse siguen creciendo (es lo único que realmente
evoluciona). No es posible que haya crecimiento o enriquecimiento de la
personalidad si hay de por medio abuso o dependencia de alcohol o drogas.
decimos que sucede lo contrario a las leyes naturales del desarrollo humano.
Este camino de regreso
en algunos casos ya no ofrece otra salida más que la de la destrucción total de
la persona adicta. El tiempo que va a tomar recorrer este camino es desconocido.
A algunas personas les toma algunos meses y a otras, muchos años. Por desgracia
no es un camino que se recorre solo (ya que el adicto no soporta la soledad); lo
acompañan personas queridas, cercanas, interesadas en salvarlo. Estas personas,
empeñadas en una lucha titánica de rescate, se olvidarán de sí mismos,
sumergiéndose en el torbellino sin fin de esta enfermedad que no tiene fondo.
No basta que el
alcohólico cambie su manera de comportarse: si lo único que han conseguido es
intoxicarse un poco menos, o lo hacen ya sólo de vez en cuando, el problema
sigue siendo el mismo. Mientras no abandonen totalmente la sustancia de la que
dependen no puede haber esperanzas reales de cambio. Pero tampoco es suficiente
el que deje de beber.
A. La primera postura esgrimida para responder a esta pregunta es el llamado modelo Moral que dice: “El alcohólico es enteramente responsable del problema, de su uso y de su cura”. Como su nombre lo indica, al problema se le ve como algo claramente inmoral, una disposición pecaminosa del ser humano. El alcohólico deberá, a partir de su “fuerza de voluntad”, tomar decisiones radicales. Lo que le pasa, le pasa a su alma, a su espíritu, a su yo, sin importar (o averiguar) si fisiológicamente existe un desajuste en quien bebe. Este punto de vista (utilizado en algunos grupos religiosos) muy a menudo ignora que el alcohol es un problema de la “persona integral”: no es sólo su espíritu y alma quienes se enferman: también el cuerpo y la mente están sumamente dañados por el consumo, y es, precisamente, la voluntad, la que está enferma y rechaza cualquier tipo de ayuda. Un buen número de movimientos religiosos están aliados a esta condena en contra del alcohólico.
B. La segunda postura (ya ampliamente comentada líneas arriba) es la médico-científica que expresa: el alcoholismo es una enfermedad, por tanto el alcohólico no tiene responsabilidad ni por el problema ni por la cura. La postura en sí se mira demasiado determinista, pero no lo es. La nula capacidad de la medicina para detener el proceso alcohólico en el individuo, le ha hecho voltear hacia opciones alternativas, menos científicas pero, al parecer, con mucho mayor éxito. “La medicina (dicen los AA) es un gran aliado del alcohólico”. Los otros grandes aliados de éstos son la psiquiatría y la religión. Durante la década de los años 50´s, una de las organizaciones de médicos más grande e importante del mundo, la Asociación Médica Norteamericana, misma que congrega a casi todos los médicos de ese país, acordó reconocer el alcoholismo como una enfermedad. Años más tarde, la Organización Mundial de la Salud (OMS), también estuvo de acuerdo en tratar al alcoholismo como una enfermedad médicamente manejable.
C. El tercer modelo sobre responsabilidad, llamado Compensatorio dice (en una suerte de conciliación entre las partes anteriores) que el alcohólico debe ser apoyado emocionalmente. Dado que el alcoholismo es una enfermedad y, hasta cierto punto, producto del factor genético, el alcohólico no es responsable de su alcoholismo, pero sí de su cura. Este modelo deja a criterio del enfermo el método de la “cura”. Un gran número de éstos elige esta opción por fácil y “conveniente”, y se dan a la práctica de los múltiples programas que se les presentan: desde centros de desintoxicación a la orilla del mar u otra clínica de menor jerarquía, hasta programas como beber sólo los fines de semana, tomar sólo el fin de mes, ingerir pociones de hierbas medicinal, visitar a algún curandero e, incluso, realizar algunas prácticas de hechicería (como beber en ayunas un vaso de leche de marrana negra), o algo semejante. El tiempo lo dice todo: casi invariablemente el alcohólico volverá a su antigua práctica.
D. El cuarto modelo se denomina Iluminador. Sostiene que el alcohólico no es responsable del problema, sí de la cura, pero, por ser impotente para curarse por sí mismo, requiere de un poder superior a él que lo ayude a superar el problema. El alcohólico es incapaz de curarse a sí mismo. Los AA lo dicen así “Esto significa la creencia en un Creador que es todo poder, justicia y amor: un Dios que me tiene asignado un propósito, un significado, un destino de crecer, aunque sea poco y a tropiezos, hacia su imagen y semejanza”. Para algunos de esos AA, el verdadero cambio inició en el momento en que se declararon impotentes para enfrentar su problema; el único paso que tuvieron que dar parece fácil y muy accesible: “Lo único que tuvimos que hacer, fue recoger el simple juego de instrucciones espirituales que pusieron en nuestras manos”.
La sanidad y
restauración del alcohólico difícilmente se llevará a cabo de forma instantánea,
o porque alguien le impone manos y dice: “En este momento eres libre de la
esclavitud del pecado” (lo cual no niega que exista ese milagro a la voz de ya).
La mayoría de las veces, ese milagro de ver a un hombre sobrio nuevamente, lleva
tiempo; es un largo proceso de restauración, a veces, durante toda la vida. ¿Y
qué de raro tiene esto desde un punto puramente cristiano?. El Dr. Anderson
Spickard lo expone de la siguiente manera:
Cada año miles de
alcohólicos pasan por la iglesia buscando la manera de dejar de beber. Algunos
la encuentran. La gran mayoría, sin embargo, caen el mito de la “cura rápida”.
Han sido persuadidos por creyentes evangélicos bien intencionados que si sólo
dicen las palabras correctas, hacen las oraciones acertadas o encuentran a la
persona indicada para que les imponga las manos, su hábito desaparecerá
milagrosamente.
Es cierto que algunas
personas son sanadas instantáneamente del vicio. No obstante, por cada
alcohólico que sanan así, hay miles que buscan ayuda en la iglesia y regresan al
altar con su angustia más profunda y su fe destrozada. Pocos son los que eligen
continuar asistiendo a los cultos, con la esperanza de encontrar un día la llave
secreta que los lleve a la sobriedad. Muchos son “sanados” de su alcoholismo una
y otra vez. Se embriagan, se arrepienten, dejan de beber ¾a veces hasta por dos
años¾ y después vuelven a la bebida. Su impotencia en dejar de beber se atribuye
a menudo a una debilidad espiritual o a una misteriosa incapacidad de apropiarse
de la gracia de Dios.
Por otro lado, poco se
ha ponderado el hecho de que los borrachos no son los únicos señalados en la
Biblia como excluidos del reino de Dios por ser unos ebrios sin remedio: “¿No
sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No erréis, que ni los
fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que
se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los
maldicientes, ni los robadores, heredarán el reino de Dios”.
Sólo a los borrachos
y/o drogadictos se les asigna un lugar para rehabilitarse. Ya se ha señalado el
porqué: la adicción no solamente daña al consumidor del tóxico, sino que su mal
se extiende a la familia, el trabajo, la sociedad y la iglesia misma. La
conducta del adicto llega a ser “una vergüenza” para quienes le rodean; además
la intoxicación es difícil de encubrir debido a que actúa sobre el sistema
nervioso central, vapuleándolo de tal forma que se pierde el equilibrio corporal
y se divaga mentalmente, con incoherencias y sustratos del inconsciente que
resultan absurdos para cualquiera que escucha al adicto. Los otros transgresores
se sienten aliviados de que su mal no explote con la evidencia que lo hace la
adicción al alcohol.
Dejar de ingerir
alcohol, ciertamente trae signos alentadores. Existen miembros de AA que han
dejado la bebida por diez, veinte y hasta treinta años o más. Sin embargo, el
mismo grupo pondera el principio de “cualquiera puede dejar de beber; no todos
tienen un despertar espiritual”. Este despertar se materializa, básicamente, en
conductas y actitudes fundados en actos de honestidad y respeto, primero con uno
mismo, y luego hacia los demás. Las “borracheras secas” (es decir, sin ingerir
alcohol) son el resultado opuesto a ese estado de espiritualidad. Aquí, el
alcohólico en recuperación se muestra con los mismos síntomas emocionales y
mentales que cuando ingería alcohol: ansiedad, ira, enojo, impaciencia,
resentimiento, baja auto-estima. En pocas palabras, su espiritualidad continúa
siendo cero, su proyecto de vida sigue siendo el propio, sus ideas y
pensamientos fluyen en forma autónoma. A fin de cuentas, con ese carácter
opresivo, sigue destruyendo su vida y la de los demás. Esta es una realidad que
tiene que aceptarse, de ahí que el paso inmediato para estas personas sean los
grupos de autoayuda, cuya asistencia constante permite compartir la carga y
encontrar soluciones para el diario vivir.
Pero hace falta el
auto-conocimiento: el revelar y exponer a la clara luz del día los conflictos
que condujeron a las intoxicaciones no hace que las dificultades desaparezcan.
Cada persona tiene que descubrirlas por sí misma, en su interior, identificarlas
y darles una jerarquía que le permita luchar con ellas una a una. El programa
bíblico de los 12 Pasos es un arma única de ayuda en este proceso.
Si antes del período de
abuso del alcohol o de las drogas existían problemas personas e interpersonales,
éstos crecieron, se magnificaron. Si no existían, aparecieron y sirvieron de
justificación o excusa para seguir intoxicándose. En cualquiera de las dos
situaciones, tienen que ser expuestos, enfrentarlos y oponerles las armas
sencillas de un programa de recuperación bíblico. El problema central
recordemos, no fue el alcohol, sino un profundo alejamiento de Dios. Al paso del
tiempo, el conflicto básico se enredó con otros problemas y más conflictos,
convirtiendo a la persona adicta en una maraña de complicaciones que parecen no
tener pies ni cabeza.
La omnipotencia, los
resentimientos, la ansiedad excesiva, la confusión de los sentimientos, la poca
tolerancia a la frustración, el falso orgullo, la desconfianza, la inseguridad,
la capacidad de evadir los problemas, son sólo algunas de las caras del alguien
quien, aun cuando haya dejado de beber, no ha alcanzado madurez. Esto es lo que
dice Pablo: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre
que está viciado conforme a los deseos engañosos.
El estar conscientes de
la gracia de Dios, de su amor y compasión por encima de la culpa y la condena a
la que el adicto se ve orillado por las críticas externas, ayuda mucho. La
Biblia dice: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún
pecadores, Cristo murió por nosotros”
Pero éste es apenas el
inicio. Se tiene que aceptar que cuando recibimos la misericordia de Dios a
través de Jesucristo, ni las neuronas ni los traumas del pasado se convierten;
se quedan allí como parte nuestra; permanecen como un reto para nuestras vidas,
un reto que va a tener como fuente primaria de acción la humildad para aceptar
que el Espíritu Santo siga haciendo en nosotros la obra que ya Cristo ha
comenzado: “Estando confiado de esto, que el que comenzó en vosotros la buena
obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”
Toda una deformación
queda allí dentro de nuestra alma que debe ser regenerada día a día por Dios a
través de su Gracia. Esta deformación es el conjunto de mala información tanto
genética; “En maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”
En la Biblia restaurar
significa arreglar, componer, rediseñar, sanar, lo que está arruinado,
destruido, en mal estado. Esto sucede en
La restauración con
sentido de recuperación de un estado espiritual, es señalada en la Biblia
mediante la palabra hebrea shuwb, la cual es usada unas 1339 veces en 950 versos
(de acuerdo a Strong’s Complete Dictionary). David, por ejemplo escribe en
En los Evangelios
abundan los hombres y mujeres cuya vida fue restaurada, ya sea física o
espiritualmente (o ambas). En estos casos vemos algunas cosas curiosas. Por
ejemplo, el modo de restaurar (sanar) de Jesús, a varios hombres con la misma
enfermedad. En
Esto tiene que ver,
claro, con una pregunta que todos nos haríamos sobre esta historia del hombre
anónimo: ¿Por qué Dios al tener de él misericordia y perdonarle la vida, no le
ha quitado al mismo tiempo las ganas inmensas que tiene de irse a beber, y
volver a su vida antigua? No tengo la respuesta. Tampoco sé por qué Eliseo envió
a Naamán a que se lavara, no una, sino siete veces en el Jordán; ni por qué sólo
un leproso, de diez, halló la veradera salvación, no obstante que los otros
nueve también fueron limpios. Menos alcanzo a entender la negativa de Dios para
quitar de Pablo el “aguijón de carne” de parte de un mensajero de Satanás, y
consolarle solamente con un “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona
en la debilidad”.
Sí sé, por el
contrario, que aun cuando Dios nos ha perdonado de nuestra vida pasada, en el
presente seguimos sufriendo muchas de las consecuencias de lo sucedido y hecho
en aquella. Con una diferencia enorme: ahora tenemos de su gracia para enfrentar
los contratiempos.
Tal vez, el caso que
mejor ilustra el camino de la restauración, sea el de David. El Salmo 51 resume
admirablemente el punto exacto en el que David requería y demandaba sanidad. La
súplica inicia con el principio contenido a lo largo de este libro: “Ten piedad
de mí, oh, Dios, conforme a tu misericordia”. Es la misma súplica que un hombre
emitió aquel día, en un cuartucho sucio y oscuro situado al final de las playas
del puerto de Veracruz ¾y es la misma de nuestro hombre anónimo previo a
arriesgar su vida en las arenas del desierto o bajo la espada de los
conquistadores judíos. El tamaño de la misericordia de Dios es mesurable sólo en
tanto uno experimenta cómo aquella mente arruinada y en medio de los escombros,
va siendo renovada cada día por la Gracia de Jesucristo.
En el círculo infinito
de la misericordia de Dios, toca al hombre, al adicto, dejarse ayudar por otros
y poner su problema en manos de Dios, reconociendo su impotencia total ante el
alcohol y la absoluta potencia de el Señor para sacarlo del hoyo negro en donde
ahora se encuentra, ¾esto es, tomar una decisión única y vital: declararse
incapaz ante su problema, ver los recursos de Dios como los únicos viables hacia
una nueva vida, y declarar que nuestra vida no ha sido en absoluto del agrado de
Dios. “Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de
ti. Contra ti, contra ti sólo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus
ojos”.
El siguiente paso es
dejar que Jesucristo, a través de la obra del Espíritu Santo, vaya obrando en
nosotros: limpie, resane, reconstruya nuestro ser total. “Purifícame con hisopo,
y seré limpio: Lávame, y seré más blanco que la nieve. Hazme oir gozo y alegría;
Y se recrearán los huesos que has abatido. Esconde tu rostro de mis pecados, Y
borra todas mis maldades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio; Y renueva un
espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti; Y no quites de mí tu
santo espíritu. Vuélveme el gozo de tu salud; Y el espíritu libre me sustente”.
Esta es una enfermedad
profunda, que requiere de un carpintero hábil y capaz, para restaurar cada pieza
de ese espíritu quebrantado. Lo que muestra David aquí es muy simple: aunque
pecó sexualmente con Betsabé, y contra el marido de ésta, mandándolo matar, en
realidad su trasgresión fue contra Dios. David no se justifica, no niega, no
proyecta, no se habilita tácticas dilatorias; simplemente va al punto: “Crea en
mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva (restaura) un espíritu recto dentro de
mí”. Por supuesto, esto le llevó varios años a David. Aun, al final de ellos,
llega a la conclusión dolorosa: “Yo sigo el camino de todos en la tierra”
Dice Twerski que la
restauración del alcohólico es una serie de retos constantes. Podemos invertir
una gran cantidad de esfuerzo en superar una dificultad, pero apenas habremos
empezado a relajarnos, nos encontramos frente a otra, y así sucesivamente hasta
el infinito. Los adictos en recuperación creen que esto es inusual. Si descubren
que son incapaces de pasar un largo rato sin que su paz se vea alterada, se
sienten separados e injustamente atormentados. Pero si vuelven al consumo de
alcohol, se hallarán con una serie intolerable de problemas con los que deben
lidiar. Según él nadie más podría estar sujeto a tan terribles tribulaciones.
Es exactamente en este
punto que la fraternidad formada por otros que han encontrado la salida, toma su
verdadero valor. El adicto recién llegado va a encontrar que otros, con muchos
mayores problemas que él, se hallan ahora sobrios, han traspasado la línea de su
realidad distorsionada, poseen una vida nueva, y han hallado esa paz mental y
espiritual que, dice Pablo, “sobrepasa todo entendimiento”. ¿Cómo lo lograron?
Ciertamente no de un sólo plumazo, o de una pasada al altar o porque simplemente
se cansaron y dijeron “ya estuvo”. Lo hicieron comenzando por aceptar la
misericordia de Dios, declarándose impotentes ante su problema ¾lo que implicó
dejar atrás todo su sistema autónomo de creencias¾, y luego aceptar el
desarrollo de una vida de restauración que les permite ir rompiendo poco a poco,
con antiguas formas de pensar. Han comenzado a entender lo que Pablo dice a los
Romanos “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la
renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena
voluntad de Dios, agradable y perfecta”
Para quienes se oponen
a un programa de restauración basado en los 12 Pasos de AA, tal vez resultaría
ocioso recordar aquí que dicho programa es de extracción netamente cristiana. Su
influencia principal se halla en el llamado Grupo de Oxford, guiado por el
clérigo episcopal Samuel Schoemaker. En esencia el programa incorpora el corazón
de las enseñanzas bíblicas concernientes a la relación redentora de Dios con los
hombres, desde la salvación hasta la tarea de evangelismo. Comienza con la
admisión de los errores humanos (pecados) y una profesión de fe en el poder,
amor y perdón de Dios ¾que son la esencia de la justificación. El programa sigue
animando a la confesión continua de nuestros errores (pecados), la sumisión
total al control de Dios, y una conducta compasiva hacia los demás ¾los
principios de la santificación. Finalmente, alienta los hábitos de la devoción,
responsabilidad a la voluntad de Dios, y el compartir el mensaje de recuperación
con otros ¾las bases de un estilo de vida cristiano.
Estas son quizá las
buenas noticias de los grupos de auto-ayuda como AA. Lo demás ha sido un
desarrollo histórico que, a partir de 1935, ha enseñado cosas positivas y
negativas de estos grupos. Al “desacralizarse” cada vez más ¾o mejor dicho, al
alejarse más cada vez de los verdaderos valores cristianos¾ estos grupos cayeron
en un ejercicio catártico nada ortodoxo. Aún así, existen en la actualidad
muchos grupos cristianos que han retomado la raíz del movimiento, han vuelto a
la Biblia, a declarar que ese poder Superior es Cristo Jesús, y a ponderar una
vida de santidad como recurso invaluable para permanecer sobrio cada instante
del día.
La puerta no se ha
cerrado: Cristo Jesús sigue siendo la esperanza luminosa para rescatar al adicto
a esa esclavitud perniciosa.