Fe tóxica - Fe sana
Por Ignacio García
Apresura los pasos de los que aún no llegan
En un programa radiofónico que se transmite en una estación local de mi ciudad y titulado “Unción de Poder”, alguien comienza el servicio (que se supone grabado un domingo antes en el templo de la iglesia que patrocina) con una oración. En medio de ésta se oye decir: “Apresura los pasos de los que aún no han llegado...”.
El dicho es clásico de la mayoría de nuestras iglesias, y seguramente usted, lector, habrá ya oído la tal frase y hasta, quizá, también la ha dicho. ¿Qué tiene de malo pedir esto? En realidad nada. Son buenos deseos y excelentes motivos los que se esgrimen. El caso es que una fe sana en realidad no incluiría tal petición en un repertorio de oraciones. Vea el lector y se dará cuenta que no existe motivo bíblico alguno para tal petición. Pedir esto a Dios, involucrarlo en que le dé velocidad a los pasos de los que llegan tarde a la iglesia, parece un chiste que nos aleja de una comprensión cabal de la situación de muchos hermanos en la congregación; es decir, no se enfrenta el verdadero problema.
Primero, lo único que Dios no se permite es meterse en la voluntad de usted. Tal vez Él podría acelerar el corazón de alguien, porque la marcha del corazón es involuntaria. También es capaz de librarnos de situaciones que somos incapaces de controlar. Eso está muy claro y no hay duda.Pero pedirle a Él que actúe en la voluntad de alguien para hacerle que meta tercera y cuarta y así hacerlo llegar más rápido a la iglesia, parece fuera de todo foco bíblico. Aun cuando la tardanza del creyente estuviera razonablemente justificada, Dios no apresuraría los pasos de nadie. Lo único que Dios no toca en nosotros es nuestra libertad de decidir; sea en lo que sea. En este caso tratamos de involucrar a Dios en un asunto que sólo y únicamente toca a la persona resolver: se trata de un asunto de disciplina, puntualidad, ganas de llegar temprano. Existen casos en los que esa 'oración' se dice todos los domingos para ¡las mismas personas!.
Uno se da cuenta entonces que la decisión de esta responsabilidad de llegar a tiempo pertenece única y exclusivamente a quien, una vez iniciado el servicio, ha decido llegar tarde. ¿Por qué habría Dios de apresurar a alguien que no tuvo la voluntad de levantarse una hora antes para estar a tiempo en Su Casa? O ¿Por qué apurar a quien, a lo mejor, lo que menos quiere es llegar a escuchar el (no pocas veces) aburrido sermón que se le va a recetar?
Pedir a Dios que apresure los pasos de las personas es también, un poco, no valorar Su verdadera misión entre nosotros, y asignarle tareas irrelevantes que por otro lado (se ha dicho con insistencia) sólo competen a la responsabilidad de las personas.Una fe sana tratará de examinar, por el contrario, porqué algunos hermanos llegan tarde todos los domingos. La fe sana no desestima que la ausencia de creyentes (cuando ya ha comenzado el servicio), se debe, no a que no ‘apresuran’ sus pasos, sino a que los hermanos son impuntuales, perezosos, algunos más indulgentes. En vez de andar envolviendo a Dios en tareas que no le corresponden, la iglesia mejor hace notar la irresponsabilidad de quienes llegan tarde: se exhorta a los impuntuales a ser más responsables de las cosas de Dios.
Basta con que los creyentes que acostumbran llegar tarde al culto se programen correctamente y estén dispuestos a llegar a la hora, para acabar con esa clase de peticiones absurdas.Ya una vez en el templo, el creyente se dedica a lo que fue y deja de meter a Dios en asuntos propios de la pereza humana.
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