Fe tóxica - Fe sana
Por Ignacio García
En uno de los programas radiofónicos ya antes mencionados, alguien habla de bautismos; exhorta a quienes no se han bautizado a hacerlo dentro de 15 días. El que exhorta (me imagino el pastor) da una serie de detalles para el evento y por fin se deja decir: “Y prepárense para las pruebas que les vendrán después de ser bautizados”. Y, como prueba admisible de que quienes se bautizan inmediatamente pasan por ‘pruebas’, da lugar al testimonio de una hermana que está pasando por ese tipo de examen divino. A renglón seguido habla esta hermana.
Dice, esta recién bautizada, que desde ese día de su bautismo le han venido una serie de ‘pruebas’; y las enumera: 1) a su marido lo corrieron del trabajo, 2) A ella le robaron su bolso con sus tarjetas de crédito, le gastaron algo así como 300 dólares, y, 3) para colmo, uno de sus hijos (que ya no bebía) ha vuelto a la tomada desde hace unos ocho días.
Lo increíble de este testimonio es que inicia con la clásica declaración de que es el ‘enemigo’ quien está poniendo traspiés a la fe de esta mujer. A medida que avanza en su narración (mucho más larga que esta versión escrita, pues está salpicada de otros detalles que achaca también al 'enemigo') la historia va cambiando de personaje para, finalmente, terminar con esta frase: “Doy gracias a Dios por las pruebas que me envía”.
El ejemplo de esta mujer es un hacer de todos los días (más aún los domingos) en nuestras iglesias. Los evangélicos estamos acostumbrados a traducir en ‘pruebas’ todas nuestras malas conductas e irresponsabilidades, y achacarle al ‘demonio’ o a Dios esta suerte de infortunios. Por ejemplo, esta mujer (ya luego investigué con mis contactos) narra sólo el 1% de sus ‘pruebas’. Lo demás, lo cierto, ocurrió así: 1) al marido lo corrieron del trabajo por faltar tres días seguidos a su trabajo sin justificación alguna; 2) Le robaron el bolso y la tarjetas de crédito que dejó en su coche abierto, a la vista de cualquiera; 3) Le gastaron los dólares (pesos en México) porque avisó hasta el otro día del extravío, 4) El hijo volvió a la bebida porque estando en un centro de rehabilitación lo fueron a sacar a los 20 días, creyendo que el muchacho ya se había ‘recuperado’.
Ah, pero, dice esta mujer --y lo dicho es avalado por la iglesia y el pastor— que son 'pruebas’ (ya no sabe si del ‘enemigo’ o de Dios) porque se ‘acaba de bautizar’. Este es un modelo de fe tóxica que ni mandado a hacer. Para este tipo de fe, cualquier acontecimiento producto de nuestra propia irresponsabilidad, es ya, dicho por un ministro desde el púlpito, un examen por el cual Dios prueba nuestra fe.
El lector haga un alto en este día y examine cuántas de las cosas que tornamos, según nosotros, en pruebas, realmente lo son; y cuántos de estos momentos difíciles, embarazos, son producto de malas actitudes, decisiones equivocadas, falta de responsabilidad que sólo atañen a nosotros mismos. ¿Por qué entonces dirigir todo este embrollo en el que nos metemos a Dios? ¿Qué tiene Él que ver con nuestra irresponsable forma de actuar? En el examen que usted haga quedarán muchas cosas, si bien fuera de nuestro control, inevitables: enfermedad, accidentes (siempre y cuando no seamos nosotros quien los provoque), fenómenos de la naturaleza. Es decir, cosas que les suceden a todo mundo. Otro hombre, en ese mismo programa, testificaba estar pasando grandes ‘pruebas’ porque lo chocaron con su auto...El periódico decía que se fue de frente cuando vio el rojo del semáforo.
El escritor cristiano C.S. Lewis decía muy certeramente que el presente, y aún el futuro, están hechos de decisiones que tomamos a cada segundo. Cuando el conjunto de las malas decisiones nos alcanzan, pagamos las consecuencias. Decir que es el 'enemigo' quien nos pone a prueba en circunstancias totalmente de responsabilidad propia, es ajeno lo que dice la Biblia; es descargar esa irresponsabilidad en un ser (el ‘enemigo’) a quien nadie le puede reclamar nada, lo cual parece ser una buena treta para aparecer como inocentes delante de los demás.
Otra mujer habla y dice que ‘el enemigo’ no le deja llegar temprano al templo por tener que cuidar que su borracho marido no vaya a salirse, a robarle lo poco que tiene, además de cuidarlo de que no cometa otras tropelías. Por lo mismo, ha dejado de diezmar y se siente mal y pide a Dios que ya la libere de todo este período de ‘pruebas’ a la que la tiene sometida. Este parece un cuadro de la Guerra de las Galaxias, más que un escenario cristiano de una fe saludable. ¿Qué tiene que ver ‘el enemigo’ o el mismo Dios con esta suerte de conductas achacables sólo a la persona misma?
No se puede evitar decir que las dificultades existen y que éstas, en el caso del cristiano, no regresan sin fruto: nos enseñan a ver que el mundo así es, a confiar en que Dios está con nosotros (sin evitar por arte de magia) en esos problemas. Ayudan a que seamos más maduros; deberían asimismo colaborar a que seamos más responsables y no atribuir a un ‘enemigo’ lo que nosotros mismos nos forjamos.
El profeta Jeremías tuvo muchas pruebas, perdió casi todo: familia, patrimonio, libertad. Aun así, jamás cesó de creer que Dios estaba con Él. En el principal de sus ministerios (predicar y profetizar) no tuvo un solo fruto. No obstante, no se le ve achacando a este o aquel ‘enemigo’ su situación; sabía que ésta era parte de su misión: Jeremías era alguien no que fue probado, sino que estaba probado para las más grande de las tareas.
La fe sana se esmera por entender que uno, antes de estar siendo probado por alguien, ha sido aprobado por Dios para encargos especiales. De ahí en adelante enfrenta sin pretexto alguno los múltiples rostros que tiene la vida; sabe que, no porque se tiene una fe nueva, ésta lo librará a uno de los peligros y las tragedias. Sabe que va a cometer errores y los va a enfrentar con honestidad y, muchas veces, a pagar la consecuencia de ellos. Sabe que va a enfermar, a sufrir la muerte de seres queridos, lo van a robar y defraudar. Ante todo esto, sabe que todo es parte de la vida cristiana cuyo carácter principal asunto es el de adorar a una persona: (Jesucristo), quien lo sufrió todo por nosotros.
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