Fe tóxica - Fe sana
Por Ignacio García
- Nada de Lágrimas
En
una estación de radio que transmite desde el norte de mi país y llega a las
costas del Golfo de México y centro de la república, habla un predicador que
parece alguien quien nunca ha enfermado, nunca se le ha muerto nadie y jamás
ha sufrido una pena. O,
si le ha sucedido, lo esconde de manera tóxica suprimiendo sus emociones.
En un punto central de su charla se deja decir: “Entre más fe tengamos y la
pongamos en Dios, menos el ‘enemigo’ nos va a sacudir con estados de tristeza
y pena; el ‘enemigo’ no puede arrebatarnos la paz que Dios nos da… Si no
tenemos paz, pase lo que nos pase, estaremos contristando al Espíritu Santo…
Hermano ¡No entristezca usted al Espíritu!...”.
Luego de dos o tres minutos de darle vuelta y vuelta al mismo tema con las
mismas palabras, comienza a narrar la forma en que él asimiló la muerte de su
madre: nada de lágrimas, puro gozo, paz constante, cero luto: al otro día del
sepelio ya estaba de nuevo en sus actividades. Y quiere este predicador de
hierro que todos los que lo escuchan procedan de acuerdo a esta fórmula.
Termina su discurso: “Así, querido hermano, es como todo creyente debe
comportarse delante de Dios… En el poder de Jesucristo dar testimonio de que
Él está con nosotros... Debemos dar ese testimonio mostrando entereza antes
las dificultades".
Por suerte, y en abono a la fe tóxica, el predicador no enfatiza el hecho de
que la tristeza y la depresión son ‘demonios’ que el cristiano tiene dentro,
como lo aseveran muchos fanáticos combatientes de espíritus hasta en la sopa
que comen.
Uno de los grandes mitos de la fe tóxica es creer que cierta medida de fe va a
librar a la gente de no sufrir, no alterarse, y, en su caso, de mantenerse
firme y sin hacer un sólo gesto mientras sufre una desgracia. El mito pretende
defender a Dios, y proyecta su toxicidad al creyente:
"Que
no te vean derrumbarte porque van a pensar mal de Dios...
Mantente
sin sufrir porque,
si no,
la gente va a dudar del poder de Jesucristo en tu vida…".
Etcétera.
Se habla de fe como si ésta
tuviera una medida, cuando en realidad, hasta ahora, nadie tiene un patrón
para calcularla. Lo único que en todo caso logra esa exhortación, que se
dedica a sopesar la fe de algunos, es que el creyente mienta acerca de su
estado emocional. Si no, haga la prueba el lector. Cuando llega a la iglesia
¿cuántas veces ha dicho la verdad y contestado: me siento muy mal, muy
deprimido --cuando
eso es lo que en realidad le sucede? Casi nunca. Casi siempre, por el
contrario, esbozamos una sonrisa y accedemos: “¡Muy bien!, hermano… gracias
a Dios”… Aunque por dentro nuestro espíritu esté devastado.
Nuestras congregaciones evangélicas poco han podido mejorar al respecto. Poco
se enseña que se puede llegar a las puertas del templo y mostrar nuestra
verdadera condición emocional y espiritual desde la misma entrada, y ya dentro
poder compartir esa carga y que el resto no piense que soy un cristiano
anémico, flaco, débil. Esto
se practica casi nunca. La
realidad debería ser el corazón de la iglesia; Pablo lo dice:
“Consolaos unos a otros…” En vez de ello, acostumbramos sacar el sombrero
mágico de la irrealidad y pintar un “aquí todo es paz y gozo en el Señor”.
De esta forma mentimos y distorsionamos la realidad, tanto la externa como la
interna que pertenece a los creyentes.
En tanto que la pena, el dolor, la tristeza exigen de una salida natural, la
conciencia del creyente detiene ese proceso debido a una enseñanza de tipo
tóxico. No sólo eso, sino que, cuando ocurre que ese estado emocional pide
salir, lo hace con una buena cuota de culpa y vergüenza. Esto sube de nivel
si,
quien trata de mostrar
su dolor,
es un líder o el propio pastor: ¿Qué
va a decir la gente de mí (y de Dios) si me muestro tal y como me siento el
día de hoy?.
Contrario a esto, Jesús se nos presenta como “un varón experimentado en
dolores”; a la vez que un hombre que reconoce, acepta y asume la condición
doliente de los otros. Llorar ante la tragedia de Lázaro es apenas una de esas
muestras de comprensión sobre la pena de los que le rodean. Su angustia en
Getsemaní, por otro lado, da la idea de un hombre que sufre y agoniza: Dios no
suprimió esa escena de las Escrituras. No está fuera de lugar ni escondido ese
cuadro del mismo Hijo de Dios atribulado.
La fe tóxica querrá escudar a Dios suprimiendo en nosotros las más elementales
de las condiciones y emociones humanas. Una fe sana, por el contrario, ofrece
cuidado, asistencia, comprensión y compasión para quienes pasan por momentos
difíciles; acepta esos estados emocionales y abre las puertas de la iglesia
para acoger ese dolor. No piensa del otro como alguien falto de fe o débil o
(peor) alguien a quien Dios está castigando. Nada de eso. Una fe sana toma la
adversidad del otro como un proceso natural de la vida. Da tiempo a que la paz
del hermano, perdida por algunas etapas de adversidad, vuelva a su sitio con
el tiempo. Sabe que la falta de paz no significa falta de fe, y que la misión
de cada creyente dentro del Cuerpo es saberse vulnerables a la vez que
solidarios en
medio del dolor y la pena.