Fe tóxica - Fe sana

Por Ignacio García

 Sed Santos


Los martes y jueves, a las 22:00 horas, cruza una señal evangélica por mi terruño al que a veces es posible colgarse. Esta vez lo he logrado y entro en sintonía con un predicador cuyo asunto central se sintetiza en estas palabras:

“Estamos llamados a ser perfectos aquí y ahora...Si no lo estamos siendo, tenemos un grave problema, pues no estamos cumpliendo con el mandato de Dios y con la Biblia que dicen: ‘Sed santos como yo soy santo’...Mi hermano, analícese esta noche y trate de ‘cubrir’ (¿?) sus imperfecciones”

Cualquiera podría preguntar ¿
Pero dónde se halla lo tóxico de esta sentencia? Ciertamente, es muy difícil hallar algo de tóxico aquí: la Biblia sí dice que debemos de ser santos, sí habla de perfección. Pero lo que el predicador (al igual que un buen número de personas que enseñan esta doctrina) no aclaran es: 1) a qué se refiere esa perfección 2) Cuáles son las señales de una santidad inmaculada 3) dónde se hayan los parámetros a seguir y 4) qué sucede si tras esforzarnos todo el día, a fin de cuentas terminamos la noche en la imperfección total. ¿Qué es eso de ‘cubrir’ mis imperfecciones?.

Pocos, muy pocos que hablan de la perfección sólo por hablar, desconocen del daño que a veces causan a las personas por no saber explicar el tema con la mesura debida. El asunto de la santidad y la perfección de la vida cristiana es un
tema complejo; no tanto por su contexto teológico como por su praxis contradictoria: el hecho de una naturaleza humana vulnerable,  contra estándares espirituales inalcanzables.

Personalmente crecí con una gran influencia wesleyana matizada, filtrada, cernida por maestros y predicadores que hablaban de una segunda obra de gracia sin ubicar a ésta en su contexto exacto (el humano, vamos). Esa gracia, decían, es “la convicción de que la renovación positiva de la naturaleza pecaminosa efectuada por Dios puede alcanzarse por fe instantáneamente antes de la muerte o tan pronto como las condiciones de entrega y confianza plena satisfagan a Dios”. Traducido esto
, por la mente de un mortal creído él mismo imperfecto, la enseñanza se convirtió en una plancha pesada para mí (y, estoy seguro, para muchos más acompañantes míos en la iglesia).

Tratar de ser perfecto y santo teniendo como base sólo un conjunto de creencias ambiguas, crea un mecanismo muy peligroso para la vida espiritual del creyente. Porque, por un lado, su naturaleza humana le impide el acceso a cuotas de perfección anhelables; por otro, al fracasar, al creyente no se le enseña que es vulnerable y puede fallar: éste a su vez, al negarse a aceptar que es vulnerable (
que comete errores y peca) se oculta de los demás. Se esconde (o enmascara su verdadera naturaleza);  porque (al creer que los otros sí son cuasi-perfectos) teme ser conocido tal y como es; tiene miedo a que sus errores sean rechazado por el club de los invulnerables.

Entonces, surge una paradoja
que dice así: entre menos perfecto siente que es, más el creyente adopta la doctrina de la perfección para serlo; y esto se traduce así:  "Entre más crea yo en Dios, más fe le ponga al asunto, más perfecto me voy a volver". Resumen: al cometer errores, pecados, el creyente se fija un ‘x’ parámetro de perfección, el cual, por pura lógica, lo vuelve más expuesto a esos errores y pecados que desea superar. Asimismo, surge la idea equivocada de que, si de verdad obtuvieran la ‘perfección’, entonces ya otros no serán capaces de hallar en ellos errores. Piensan que de esta forma se obtiene mayor aceptación entre la comunidad de la iglesia –principalmente la aprobación del pastor y los líderes. Si de paso se es compensado con algún cargo en la iglesia, esta acción se toma como un punto que suma al fondo-sin-fondo del perfecto ideal. De esta forma algunos creyentes piensan que obtendrán mayor aceptación, amor y sentido de pertenencia entre menos descubran sus imperfecciones y engañen a los otros haciendo como si no las tuvieran..

El problema a todo esto es que
,  cuando se cree haber alcanzado un cierto nivel de perfección (que regularmente se rasa con la relativa medida de algún líder ejemplar), las fallas y pecados llegan casi sin avisar: el resultado es un sentimiento terrible de vergüenza. No pocas veces se piensa que la falla obedece a una fe insuficiente...La reacción por excelencia es entonces (ya se dijo) ocultar y que los demás no vean que no se es como uno dijo. Peor: se oculta el problema del pecado pensando que la gente vaya a dejar de confiar en Dios al saber que nosotros Le hemos fallado. El ciclo re-comienza: se empieza a trabajar para compensar esta ‘falta de fe’ y se fijan estándares de perfección que nunca se alcanzarán: el círculo se vuelve entonces tóxico.

En una iglesia
,  que no clarifica este artículo de santidad y perfección, el creyente vive esclavo de su propia doctrina, la que no le permite mostrarse a los demás tal y como es: con problemas que van desde la mentira a lo sexual y pasan por múltiples conflictos matrimoniales y con compañeros de trabajo. El creyente actúa bajo la óptica de llegar el domingo al servicio con el menor número de fallas para poder mostrarse más perfecto a Dios. Entonces, no pide ayuda. Si está al punto del divorcio nadie lo debe de saber. Si agredió al esposo@,  la comunidad no debe enterarse, porque  ¿qué va a decir? Y así por el estilo.

Por fin, un día
,  uno de esos wesleyanos centrados e íntegros  me llamó y enseñó el sentido de la perfección (por lo menos la de él). Me dijo: “Perfección no quiere decir que debes ser completo, sin falla alguna... ni siquiera que no debas fracasar en la ruta hacia el ideal; significa más bien una perfección relativa. Mira, Noé, Abraham y Job fueron perfectos en relación con sus contemporáneos...No perfectos en sí mismos”.
Luego me enseño muchas otras cosas. Por ejemplo, la ‘perfección’ de David que se significa no en un ser invulnerable o modelo de simetría espiritual, sino en tener un corazón humillado: “Ve
--me dijo este hermano wesleyano-- la diferencia entre David y Saúl: cuando el primero peca en el asunto Betsabé,  dice a Dios: "He pecado contra ti, contra ti sólo he pecado".  En cambio el rey Saúl tiene siempre una disculpa a sus errores pues se cree invulnerable por ser el ‘ungido’; en su desobediencia en el caso de los amalecitas, rechaza su responsabilidad y dice: "Mi ejército es el culpable de mi propia acción". He aquí la gran diferencia. Así es que el motor que mueve a la santidad no se halla en un seguimiento de moldes y reglas impecables, sino en un corazón humillado delante de Dios: la humildad es el aceite de la perfección.

Una fe sana declara que somos vulnerables. Da lugar a considerar los límites de nuestra naturaleza humana, y cuando ésta se rompe halla la puerta, no en la vergüenza o la pena de esa perfección fracturada, sino en la promesa de Dios de que “la sangre de Jesucristo nos libra de todo pecado”, porque si lo confesamos “Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados”.

Posdata

La otra noche hojeaba yo un libro y encontré este sentido hermoso de la perfección:

“Día a día tenemos que acercarnos a Dios. De modo que no necesitamos consumirnos con un sentimiento sensiblero de culpa por el hecho de no poder alcanzar su imagen y semejanza en un determinado tiempo. Nuestra meta es el progreso, y Su perfección es la señal luminosa a una distancia de años luz, que nos empuja a seguir siempre adelante”.

 

    

Fe tóxica - Fe sana

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